El dilema Rusia-Occidente

Bladimir Proaño

Los rusos no verán por algún tiempo muchos bienes/servicios de empresas occidentales. La razón no solo hay que verla por la violación del territorio ucraniano y el uso de la fuerza para causar tanto daño (pérdidas humanas, infraestructura, etc.). También, debemos encontrarla en el ámbito económico y financiero: la existencia de empresas rusas que compran (venden) del(al) resto del mundo (a nosotros nos compran flores y banano) bajo una economía en guerra se verán afectados en su flujo circular del ingreso y el gasto. Además, porque Rusia al haber sido expulsada del sistema SWIFT, la herramienta utilizada para las comunicaciones interbancarias, tendrá dificultades con el sistema de transferencias entre instituciones financieras del mundo. Pero, aunque la logística de interrumpir una actividad comercial a gran escala sea compleja, se considera factible, porque, así como durante la pandemia hubo empresas que cerraron de un día para otro, y este caso parece que tiene la misma gravedad, aunque es verdad que algunas empresas podrán decir que llueve sobre mojado.

Empresas como Warner Bros, Disney, Sony han suspendido la emisión de sus películas en el país. Tampoco podrán los rusos comprar iPhones de Apple. Ni zapatillas de Nike. Ni conducir el vehículo que prefieran. La marca sueca Volvo no enviará más vehículos hasta nuevo aviso. Ni la británica Jaguar Land Rover o la división de camiones de la alemana Daimler. También sucede en otros sectores British Petroleoum se desprenderá de su casi 20 % en Rosneft. Shell romperá sus alianzas con Gazprom, y la petrolera estatal noruega Equinor detendrá sus inversiones y se deshará de sus activos. Rusia es ahora mismo un inmenso cartel de “se vende” para los directivos occidentales.

Pero como siempre sucede, y más a nivel de economía de guerra, la población  de a pie va a sufrir con más fuerza la devaluación del rublo, que va a encarecer la compra de bienes de primera necesidad, por lo que se cree que en lugar de convertir a Rusia en un erial, hay otra población que estará incólume de este conflicto, me refiero al gran capital ruso, es decir los capitalistas que acumularon con la mafia energética y la corrupción escudadas por el gobierno de Putin. El foco debe ponerse en tomar medidas en el campo energético y golpear a personalidades afines al régimen. Es más importante rastrear y bloquear las cuentas de los oligarcas, aunque se entiende que haya compañías que de forma espontánea decidan retirarse de Rusia por una cuestión de reputación, pero advierte frente a una sobrerreacción. Los boicoteos tienen precedentes históricos variados. Los hubo durante el apartheid sudafricano. En Rusia, mucho más interconectada por su extensión y su proximidad a la Unión Europea, la desbandada de grandes corporaciones es patente, y crece cada hora que pasa. Con ellas se marchan, sin fecha de vuelta, inversiones, empleos, servicios y mercancías que antes llegaban por tierra, mar y aire. Presión extra para el régimen de Vladimir Putin, cada vez más aislado, pero deseoso de construir una Gran Rusia. (O)