Lecciones en tiempo de coronavirus

Aníbal Fernando Bonilla

Anibal Bonilla

En circunstancias atípicas en que transita el orbe desde los primeros meses del 2020, en donde la pandemia del coronavirus modificó -posiblemente para un largo tiempo- los hábitos de interrelación de lo individual a lo colectivo, han surgido inquietudes, dilemas y hasta cuestionamientos de tan complejo entramado infeccioso, poniendo a prueba la capacidad sanitaria a nivel planetario.

Los liderazgos gubernamentales -desde donde emerge la política pública acorde con la demanda popular- han sido eclipsados por el engendro burocrático, las fauces de la corrupción y la trivialidad del instante (en la desnaturalizada percepción de dar respuestas virtuales en los mass media, y con mayor impacto, en las redes sociales).

Las epidemias han acompañado a lo largo de la historia del hombre (peste negra, cólera, viruela, sarampión, fiebre amarilla), sin que los Estados dimensionen su consecuencia mortal, y por lo tanto, consoliden sistemas de salud acordes de contrarrestar estos males epidémicos. Andrés Neuman describió en su libro Cómo viajar sin ver (Alfaguara, 2010), el ambiente de los aeropuertos cuando la influenza H1N1 tuvo su propagación en el 2009: “Nos reciben con máscaras extraterrestres, cámaras fotográficas y monitores que miden nuestra temperatura en prevención de la gripe”. Algo similar a lo requerido en la actualidad con gel desinfectante y mascarilla de por medio.  

¿Qué nos deja el COVID-19? Llanto. Soledumbre. Tragedia. Desgarro social. Aprieto financiero. Repercusión psicológica. Confinamiento físico y emocional. ¿Qué nos queda de lección ante esta enfermedad contagiosa y letal? La relevancia de la vida en su amplia noción, en concordancia con el equilibrio del hábitat y el ecosistema. Y, posibles vientos expectantes en donde las personas -más allá de la nacionalidad, condición étnica, de género, generacional, etaria, delimitación de fronteras- protagonicen de manera inteligente, tolerante y creativa la reconstrucción sistémica de un mundo más humano, asumiendo la solidaridad (tal como sugiere Slavoj Žižek) no sólo como mero enunciado, sino como la puesta en marcha -con inspiración, fuerza y entusiasmo- de esquemas asequibles que superen o al menos aminoren la presente debacle desatada en sus distintos órdenes.  (O)