Tokio blues

Aníbal Fernando Bonilla

Anibal Bonilla

La literatura recoge la esencia del género humano; sus vicisitudes y anhelos, sus temores y desafíos, en un permanente ir y venir de acciones consumadas o posiblemente irrealizables, pero que componen los deseos íntimos de la psiquis, en constante contradicción y complemento. De algo relativo a ello, y de más aspectos trata Tokio blues (1987), de Haruki Murakami (Kioto, 1949).

Con una prosa asequible nos sumergimos en el retrato retrospectivo de su protagonista, Watanabe. Él, desde el presente en un giro de temporalidad -con la primera persona del singular- regresa la mirada a la nostálgica juventud en el Japón de los sesenta, y nos inunda de imágenes y episodios en donde la convulsión ideológica se confunde en sutil retórica con las relaciones interpersonales. Entonces del tono social y de crítica política da el salto temático al sexo frecuente y a la descripción de la amistad en su más alto grado de significación. ¿Quiénes acompañan a Watanabe en esta travesía? Su amigo de adolescencia Kisuki y su novia Naoko, así como Nagasawa, compañero del desenfreno en la etapa universitaria (caracterizado por el alcohol y el contacto fugaz de pareja como elementos rutinarios), Midori con quien traba una curiosa -sino extraña- cercanía, y Reiko, allegada de Naoko.

Watanabe en la exploración vivencial asume con pragmatismo su soledad, que es entendida como una manera de aplacar las derrotas compuestas por circunstancias propias y ajenas. Así, se muestran descarnadamente el trastorno mental y el suicidio, el padecimiento y la tragedia. ¿Es posible que un hombre se enamore de forma paralela de dos mujeres? ¿Cuál es el punto de quiebre que define la transición de la adolescencia a la adultez? ¿El tiempo coadyuva a superar aquellas remembranzas que causaron daño en el ayer? Estas inquietudes, si no se responden al menos tienden a ser desbrozadas en marcada reflexión interna.

En el tejido narrativo -que involucra el recurso epistolar- se entrecruza una intertextualidad que va de lo literario (Mann, Conrad, Fitzgerald, Faulkner, Capote, Salinger, Chandler), a lo musical (encabezado por los Beatles con su canción Norwegian Wood), y cinematográfico; rasgos murakamianos. Entre la ironía, el paisaje, el silencio y el asombro, en Tokio blues se nos recuerda que “todos nosotros somos seres imperfectos que vivimos en un mundo imperfecto”.  (O)