Por el mes de la amistad

Edgar Pesántez Torres

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San Valentín no sólo se quedó para ser recordado como abogado de los matrimonios jóvenes, cuando se convirtió en un valiente sacerdote que se opuso a la prohibición del emperador romano Claudio II, quien prohibió se aparejen los jóvenes en el supuesto de que siendo solteros eran mejores soldados. Ciertamente que Valentín, fiel a su causa, celebraba en secreto estos enlaces, hasta ser descubierto y condenado a prisión, en donde se lo martirizó y finalmente ejecutó el 14 de febrero, 270 d.C.

A través del tiempo esta fecha no solo se suscribió a la celebración de bodas jóvenes, sino que se extendió a todos los corazones enamorados, sin discrimen de edad ni estado civil. Aún más, se englobó a un ámbito totalizador y sublime: al amor como sentimiento humano de vivo afecto hacia otro, al que se le desea todo bien. Una expresión humana que hace que la especie sobreviva más allá de la reproducción.

Con esta coyuntura los comentarios y halagos vienen condimentados con la enajenación mercantilista, para el “tit for tat” (toma y dame) de regalos. Esta vez quiero dirigir el escrito a uno de los ramales del amor: la amistad; para ello tomaré la tradición judía que ilustra con clarividencia el valor que concede su religión a la amistad:

Durante el Imperio Romano existieron dos judíos que eran amigos desde temprana edad. Por aquel entonces la tierra quedó prácticamente dividida bajo Roma y Siria. Un día el joven romano visitó Siria y quedó detenido y condenado a muerte, acusado de espía. Antes de ser ejecutado pidió regresar a Roma para despedirse de su familia y amigos. Como garantía de su retorno dejó a su amigo sirio.

En vista que el amigo romano no retornó en el plazo estipulado, se dispuso la ejecución del amigo sirio que sería en la plaza pública. Cuando todo estaba por concluir, llegó el amigo romano gritando “¡Esperen, aquí estoy, no lo maten!” Pero el amigo sirio protestó: “¡No lo pueden matar a él, ha llegado muy tarde; y yo soy la garantía!” El verdugo no sabía a quién de los dos matar. En eso, el Emperador sorprendido les dijo: “¡Os voy dejar libres a los dos con una condición: Que yo pueda ser su tercer amigo!”

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Lo más grande de la amistad es la fidelidad que va creciendo cada vez, sin hacerse notar hasta convertirse en una red firme que nos sostiene. (O)