La cuarentena de la corrupción

Hernán Abad Rodas

Publicidad

La corrupción en nuestro país ya no es un episodio aislado. Es una especie de aire contaminado y de enfermedad colectiva.

La corrupción prospera cuando hay tolerancia social, adoración al dinero y al éxito irracional, y por un apetito desmedido de poder. Su origen está en la caducidad de los valores morales y en la ignorancia de la ética.

La corrupción se ha convertido en una “cultura”, en un modo de ser, y es el eje en torno al cual gira la demolición de la democracia, la destrucción del Derecho y la inauguración del Estado de Propaganda. Esa cultura hace metástasis, convierte a la mentira en verdad, construye “liderazgos”, protege a sus mentores y beneficiarios.

Lo más grave de la corrupción, es que, en todas partes tiene apóstoles y barras bravas que aplauden y veneran el robo.

Es penoso y vergonzante pensar que, durante una década estuvimos gobernados por una abundancia de sinvergüenzas, espiritualmente mínimos, que saquearon sin misericordia al Ecuador; seguidos y venerados por una gran cantidad de borregos insulsos y anodinos, distribuidos en todas las instancias del poder político y en las instituciones del Estado.

publicidad

Hoy vivimos en un país arrasado por el saqueo económico y moral. Así es difícil enfrentar la pandemia del Covid-19 y sus secuelas posteriores.

Los enfermos y sospechosos portadores de este otro virus letal como es la corrupción, permanecen aún en cuarentena, aislados, pero bajo un manto de opulencia; unos pocos están atrapados en procesos complejos, en tribunales de justicia o de investigación.

Frente a la pandemia de la corrupción, la expectativa ciudadana, está impaciente y saturada de las piruetas legales; aspira a conocer pronto más resultados, identificar a todos los autores del saqueo nacional, castigar a los rateros y demás roedores Verde-flex; mantenerlos aislados bajo rejas y en “cuarentena” permanente, para contrarrestar su enorme virulencia.

Los riesgos virulentos del populismo y su corona de corrupción, son permanentes. Ojalá nuestro destino, no sea vivir con ellos, reinventando cuarentenas y estrategias de extirpación.

En la década del correísmo, el robo, la audacia y el cinismo pudieron más que la dignidad y la ética.  (O)