El Apóstol de los Pobres

María Eugenia Moscoso C.

A Carlos Crespi –venerable figura identificada con nuestra Cuenca del S. XX- lo recordamos caminar y moverse en torno a su Iglesia de María Auxiliadora, aquella que fuera anterior al incendio acaecido en 1962 y, alrededor de su escuelita, a donde se volcaba diariamente, a ver a sus niños pobres,  misión que le conminó a dejar su natal Génova, en 1923 y a la que se dedicó durante sesenta  años y, para quienes fraguó el anhelo de fundar el Instituto de Artes y Oficios, Cornelio Merchán y los Colegios Agronómico y Orientalista Salesianos.

Al Padre Crespi lo visualizamos con su apariencia tan particular: de talla respetable, con su hábito negro hasta el suelo, más bien raído y no tan cuidado, su barba larga y encanecida desde siempre, en reflejo de todo aquello que su aspiración demandaba: compartir todo con las clases desposeídas.

Su refugio permanente fue la su Iglesia de la Virgen Auxiliadora, con sus valores religiosos y arquitectónicos que fueron presas de un incendio de enormes proporciones, en julio de 1962, no obstante, su labor apostólica continuó hasta abril de 1982, cuando entregó su alma al creador. Hoy, en el Vaticano se lo ha declarado “Venerable”, paso previo a la Beatificación de Carlos Crepi que, según el testimonio de los cuencanos y de la Iglesia Católica del Ecuador, reúne todos los requisitos para recibir esa elevada dignidad. El Apóstol de los Pobres pronto será ungido como el Beato Carlos Crespi. ¡Serán el Papa Francisco y el Cónclave de Cardenales que así lo permitirán, en atención a los reglamentos religiosos pertinentes! ¡Qué pronto tengamos al Padre Crespi en los altares, en la dignidad de Beato de la Iglesia Católica! (O)

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