Los «carasnuevas»

La destitución del Alcalde de Quito hace recordar que caras, nombres (y apellidos) nuevos no son en política garantía de capacidad y honestidad.  La tesis de que debía ir al poder solamente gente joven y que además no debían ser “los mismos de siempre”, tuvo efectos desastrosos en los últimos años. Hoy, algunos de los jóvenes políticos de hace quince años están presos o fugados. Y los “nuevos” se convirtieron en “los mismos de siempre”, ocupando todas las funciones imaginables durante tres lustros de correísmo y morenismo.

 La categoría de gente joven se explica por si misma: era cuestión de edad. La segunda mandaba que, además de no haber ocupado antes funciones públicas, pertenezcan al “pueblo”. En esa versión trasnochada y racista, ser del pueblo significaba tener apellidos y color de la piel distintos a los de quienes habían gobernado antes.

En política, así como en ética, el asunto de fondo no es la edad de las personas sino su formación en valores y sobre todo el ejemplo de vida. Pregonar justicia, moral, solidaridad es fácil en el discurso político, que aguanta todo. Practicar esos valores es lo importante para quienes van a la función pública.

La historia de la segunda mitad del siglo pasado y lo que va del actual es rica en demostrar que hubo jóvenes brillantes y honestos que a su tiempo desempeñaron funciones públicas con capacidad y acrisolada honradez. Pero también que hubo muchos que traicionaron lo que sostenían y terminaron transformándose en jóvenes corruptos. Igualmente hubo muchos de la categoría de “los mismos de siempre” que fueron ejemplos a seguir. Como también hubo “carasnuevas” y “gente del pueblo” que, además de incapaces, fueron pillos que amasaron enormes fortunas personales, siempre en nombre de la revolución. (O)

publicidad