Política y religión

Edgar Pesántez Torres

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La ira, el miedo, la envidia, el odio y la venganza son grandes males del alma. Si los tres primeros tienen mayor carga genética, los dos restantes son predominantemente adquiridos. Como quiera que sea, si no es posible proscribirlos hay que talarlos constantemente. Quien no hace esfuerzo por alejarse de estas morbosidades y, por contra, los incentiva en su alma y en la de sus semejantes, contribuye al ahondamiento de la crisis moral y ética de la sociedad.

En este país y el mundo han existido falsos líderes que han conducido a enfermar más el alma de sus conducidos, abonando en su personalidad el sello de uno o varios de estos males del alma. Basta advertir a líderes espirituales de Oriente o líderes políticos de Occidente, muchos de los cuales han influenciado en sus seguidores para que inclusive eliminen al otro.  

Por acá hubo uno que confinó la paz y la libertad, sustituyéndolos por el miedo y la ira. Su temple se nutrió del odio y la venganza, creando una escuela de fanáticos a favor y en contra de su atormentada personalidad. Se dividió a la familia, a los amigos, a la sociedad, hasta el clímax que en las reuniones familiares y en los grupos de WhatsApp se prohíbe hablar de política y religión.

La política y la religión son como agua y aire para la vida, sin ellas no habrá sociedad civilizada. El conocimiento, el debate y la práctica de estos temas deben ser del día; eso sí, con ponderación y respeto, sin caer en el fanatismo que procede de la falta de razón o intuición, de ignorancia o creencias fijas e inamovibles.

La política es una actividad noble que requiere renunciamientos para sacrificarse por la gente. Si se la convierte en una actividad para alcanzar dinero y gloria, se vuelve indigna por ensimismada. La política no debe combatir a más que a un solo enemigo: el egoísmo; y, debe escuchar a un solo oráculo: el corazón.

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Todo humano tiene un ámbito espiritual que necesita canalizar sus inquietudes místicas y su ansia de serenidad y reflexión a través de las doctrinas de fe. La religión que se profesa debe tener sólidas convicciones teológicas y/o teogónicas. Loa religiosos que son acérrimos defensores de tal o cual credo, les corresponde convencer y no de imponer.

¡Al fanático nadie le cree: se le huye o se le burla! (O)