Las ciclovías

José Chalco Salgado [email protected]

La última obra de intervención invasiva que desgastó a los cuencanos, fue la construcción del polémico tranvía. Cierra vías, abre vías, vuelve a cerrar, vuelve a abrir. Perfora y cierra. Cierra y perfora de nuevo.

El espacio público tiene dueños: los ciudadanos. Hay quienes hacen propio un árbol, un paisaje, una ruta, un camino, e incluso el aire que respira al pasar por una zona. Lesionar una costumbre o cariño por lo preexistente, es traumático y abre debate. No puede ser de otra forma.

Y con justa razón, aún más después de las caóticas experiencias que hemos vivido los cuencanos. Se duda de la planificación, del costo beneficio, de los contratos, del tiempo, de la dimensión de la línea, de la agilidad del trabajo, de la velocidad de la retroexcavadora, de la inclinación de la nueva obra y también del color del casco que usa el obrero. Siempre es así. Está bien, todos somos artífices de la construcción de una ciudad y mal podríamos ser ajenos a sus cambios y transformaciones.

Las grandes ciudades del mundo tienen un promedio de 6.000 obras que se ejecutan simultáneamente como una suerte de cirugía urbana que buscan hacer de ellas conceptos más turísticos, tecnológicos, accesibles y saludables. Si la direccionalidad del tránsito ha variado, pues ya se resolverá en un tiempo -es transitorio-. Si las veredas están destruidas, pues ya quedará allí un paso para ciclistas y con preferencia a la movilidad alternativa y conservación del ambiente como medida urgente por la especie humana. Lo sé, comprendo, es molestoso el cambio, pero seguro será mucho más beneficioso el vivir mejor.

En resumen: ¿en dónde queremos estar dentro de 30 o 50 años más? Personalmente, respirando mejor. (O)