El tesoro

Josefina Cordero Espinosa

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OPINIÓN | Con las celebraciones del Inti Raymi, traigo a la memoria mi última visita a Ingapirca, aquel lugar bellísimo de la Provincia de Cañar que tiene “por tejado el cielo”, dando la sensación en las noches despejadas que al extender las manos casi tocamos las estrellas.

Se rinde tributo al sol, Dios de los Incas, que con su luz hace madurar los frutos de la tierra, pero en una forma poética que fascina, la Luna Diosa de los Cañaris, es la que pone su nombre en los entornos:

Sisid: el campo donde juega la Luna.

Sitacar: el lugar donde comienza a madurar la Luna.

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Silante: el cabello de la Luna, aquel río que corre hasta remansar en el Ingapirca.

Y en las pampas y las lomas adheridos a las rocas los sigsales con sus penachos blancos que en las noches de plenilunio se vuelven plateados.

Miro atrás lo implacable del tiempo que se desvanece y sin embargo de boca en boca permanecen las palabras que nos traen historias.

Algún día un viajero se hospedó en una hacienda del Silante, desaparecía por las noches y alguien al seguir sus pasos descubrió que cavaba debajo de un arrayán. Al despedirse dijo “no sé cuándo regresaré”. Transcurrieron los días y la gente comentaba ¡cómo se enriqueció tan pronto el dueño de este lugar! (O)