El majestuoso manto estelar del Cajas

La Luna, Venus y Júpiter brillan más que los otros objetos al ser captados por lente fotográfico.

Un iluminado e inmenso firmamento cubren las noches en el Cajas. Andrés Mazza/El Mercurio
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Unas preguntas constantes: ¿cómo era el cielo del pasado en Cuenca? ¿Cómo era el lugar que aún no se convertía en una ciudad con luz eléctrica? Sin contaminación lumínica, ¿qué se veía cuando se alzaba la cabeza? Asumo que, en las noches frías, sin nubes, nuestros ancestros tenían la posibilidad de mirar los miles de puntitos, las estrellas infinitas, los resplandores, y el titilar de un sinfín de objetos que están afuera, pero que nos acompañan adonde sea que vayamos.

A pesar de que la luz generada por el ser humano llega a varios rincones de Cuenca, todavía existen lugares oscuros, negros, donde uno puede tener una idea de cómo se veía el cielo en los primeros años del siglo XX, por ejemplo, desde lo que hoy consideramos centro histórico. Pero, para encontrarlos, se requiere tiempo, paciencia, y, por supuesto, un cielo limpio, un cielo sin nubes. En caso de tener solo esa última característica, lo mejor es ir al Parque Nacional Cajas.

Vista del cielo del Cajas en una noche despejada. Andrés Vladimir Mazza/El Mercurio

Sin embargo, para llegar allá hay que tener ciertos implementos que eviten dos cosas fundamentales: perderse y, como se dice en el argot cuencano, morirse de frío. En el parque, si uno se aleja un poquito de la vía que une la sierra con la costa, y se sienta y mira para arriba, se va a encontrar con un espectáculo: va a observar lo que veían las personas que ya no están.

Sin la extensión de la contaminación lumínica hacia la naturaleza, desde el Cajas, principalmente desde Tres Cruces, en donde uno se siente más cerca del espacio, si se afina la vista, se ve la Vía Láctea, esa banda negra y blanca que parece que cargara todas las estrellas. Sin la necesidad de achinar los ojos, con conocimiento o con una aplicación se pueden reconocer a los planetas que, por lo general, son Venus y Júpiter, que brillan más que los otros objetos.

Y, con una cámara, ni se diga. Al fotografiar el cielo, luego se tiene la posibilidad de estar mirando, a través de una pantalla, como embobado, lo que nuestra visión no capta: muchísimas más estrellas, muchísimos más puntos que faltaría papel para nombrarlos a todos. Y la luna, aunque por su luz prestada por el sol es preferible que no esté porque no deja ver la composición del cielo en su totalidad, es parte de la distracción, en caso de que ya haya tomado la forma de una de sus fases que la dejan ver gorda, redonda, manchada por sus mares.

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Vista de la luna desde El Cajas. Andrés Vladimir Mazza/El Mercurio

Para ello, una insistencia: noche despejada. Para el resto, basta con guarecerse bajo los árboles del parque o basta con sentarse en las piedras gigantes que parecieran que están allí para eso mismo para mirar el espectáculo nocturno. Allí, por lo menos, siento lo que sentían aquellos ancestros curiosos de Cuenca, quienes, al llegar la noche, se preparaban para alzar la cabeza cuando la luz solar ya no alumbraba. (I)