Dependencia digital

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Cuando medios tecnológicos se generalizan, aunque no haya plena justificación, tendemos a depender de ellos en una serie de dimensiones de nuestras vidas y para tener plena conciencia de su importancia, que puede llegar a la dependencia, un mal necesario es que haya daños o suspensiones en los sistemas que los posibilitan. Hace unos días, durante seis horas, tuvo lugar una interrupción en el servicio de tres grandes corporaciones que ofrecen estos servicios afectando, dicen algunas noticias que, a más del 50 % de las personas. El desconcierto, por decir lo menos, entre los que fueron víctimas de esta suspensión fue notable, inclusive en la vida cotidiana aparentemente de poca importancia.

Los perjuicios y daños en grandes empresas, incluyendo las financieras, es enorme y con el tiempo se cuantificarán los montos. El viejo aserto “El tiempo es oro” no es una afirmación exagerada, y en nuestros días la rapidez en que se realizan operaciones económicas de alto nivel se traduce en miles de millones. Las tecnologías avanzan con una meta generalizada: ahorrar tiempo y posibilitar la rápida solución de problemas sobre todo financieros. La informática y el internet han reducido con creciente rapidez las limitaciones del tiempo y la distancia, contribuyendo a consolidar la antigua afirmación de que el mundo es una aldea global.

La tan rápida generalización de este sistema ha hecho que sean parte imprescindible de la vida diaria. Casi en todos los niveles, personas y familias cuentan con aparatos electrónicos que posibilitan el uso de los aparatos con agilidad y sin complejos aprendizajes.  La comunicación digital es parte de la vida diaria doméstica y recreativa. Las horas de suspensión de servicios digitales en personas comunes y corrientes ha pesado en campos triviales como el chismorreo que, lejos de ser despreciables son parte de la sociabilidad diaria. Valdría la pena pensar cómo organizaríamos nuestras vidas, si en lugar de suspensiones por horas desaparecieran estas formas de comunicación.

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