Los crímenes de Bartow

Leonard Durán

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Trescientas treinta y seis páginas para leer de un solo tajo y quedarse sin conocer el final; pero sí indignado, entender el dolor de una familia, la impavidez con la que enfrenta el protagonista de la obra su destino, la injusticia de la Justicia cuando deja cabos sueltos y condena a inocentes; el poder de un país, policía de medio mundo, pero mudo y apático, casa adentro.

Quien no ha oído hablar del ecuatoriano Nelson Serrano Sáenz. Desde hace 18 años se halla en el “corredor de la muerte” en la prisión de Raiford en el estado de la Florida, Estados Unidos.

No hace mucho que el embajador de este país en Ecuador, Michael Fitzpatrick, con solo hablar que aquí hay “narcogenerales” moviera el piso y pusiera a temblar a la Policía Nacional y al mismo gobierno.

El de Estados Unidos sabe a la perfección el caso de Nelson Serrano. Ha sido llamado la atención por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos porque no se respetaron los derechos del ecuatoriano, acusado y condenado a pena de muerte tras el asesinato de cuatro personas en Bartow.

Dirán que la Justicia en ese país es independiente. Pueda que sí, pueda que no.

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Estos y otros detalles, narrados con maestría, con suspenso, con conocimiento e interpretación legal tras acuciosa lectura del expediente, hacen de Los Crímenes de Bartow, un libro sobrecogedor, demoledor.

Su autor: Óscar Vela Descalzo, abogado y novelista cuya vena narrativa está demostrada en otras novelas.

Vela se sobrecoge porque su obra no tiene final. No puede hacerlo; forzarlo, peor. Es que Serrano puede morir en la cárcel de muerte natural, ser ejecutado por un crimen que dice no haber cometido, que le cambien esta sentencia por cadena perpetua, o ser declarado inocente.

Para que esto último ocurra hay dos maneras: una resentencia, o el recurso final de habeas federal. Ambos, por ahora, son una quimera, mientras siga la podredumbre en el sistema judicial de Florida. Este permitiría que los verdaderos mentalizadores y autores del crimen “anden sueltos”; y al “agente investigador” Tommy Ray, secuestrador y torturador de Serrano en Ecuador, rumiar su perversidad.

O que el potencial autor intelectual del crimen viva su propio infierno, porque los sicarios contratados, si es así, debiendo asesinar a su socio, acabó con la vida de sus propios hijos y yerno, porque estuvieron en el lugar donde no debieron estar ese momento.

Así de interesante y “contagiosa” es la lectura de Los crímenes de Bartow. Un librazo. (O)