Malos alcaldes, ¿mala prensa?

Rubén Darío Buitrón

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¿Qué nuevas mediocridades nos esperan como alcaldes, prefectos, concejales y presidentes de las juntas parroquiales?

¿Cómo podrán los ciudadanos tomar decisiones acerca de a quién elegir si no tienen las herramientas para reflexionar, para analizar, para entender lo que, escondido entre los discursos, de verdad quieren decir los candidatos?

¿De qué manera la gente puede escoger al candidato más adecuado que, consciente de su papel, evita que por falta de alcantarillado se inunden las ciudades de la Costa o que sucedan tragedias mortales como las del sector de La Gasca, en Quito, donde persiste la sospecha de que las actuales autoridades municipales dejaron que se deforeste una parte del bosque protector para permitir que una empresa de la que el alcalde reemplazante sería parte de grupo accionario?

¿Cuál es la manera de que los ciudadanos elijan, por ejemplo, a alcaldes impolutos, sin mancha, que tengan la fuerza y el apoyo suficientes de los ciudadanos de sus cantones y sus ciudades para exigir al gobierno central que no solamente se conforme con haber vacunado contra el Covid-19 a la población sino que, adicionalmente, promueva lo que este momento más necesita el país: seguridad y empleo?

¿Cómo es posible que, por ejemplo, en Guayaquil, exista una inocultable guerra de mafias del narcotráfico y que cada día mueran, en promedio, tres o cuatro personas abaleadas en las calles de la ciudad? ¿La alcaldesa y el gobernador se conforman con proponer soluciones desde las más radicales y violentas (la pena de muerte a los criminales y el libro porte de armas, según Cynthia Viteri) o las más ingenuas y absurdas como las que el gobernador, que hasta hoy no dice nada que dé esperanzas de que la situación mejorará, aparezca con soluciones descabelladas?

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Falta un año para las elecciones seccionales en el Ecuador y es hora de que, con el tiempo a favor, los medios de comunicación, tanto los convencionales como los alternativos y digitales, asuman su responsabilidad de generar un gran debate nacional, provincial, urbano y rural.

¿Qué pasó en los anteriores comicios? Que la tragedia se venía venir cuando los candidatos tenían menos del 25 por ciento de aceptación y uno de ellos, por ejemplo el de Quito, alcanzó el triunfo con un porcentaje mínimo.

¿Cuál fue el resultado de esa decisión electoral? Un alcalde mediocre y burdo que creyó que podría administrar una ciudad de tres millones de habitantes desde el despacho municipal que él confundió con una cabina de radio donde manejaba a su antojo sus programas plagados de chistes obscenos y de doble sentido.

¿No fue responsabilidad de él haber llegado a presidir el concejo municipal, sino de quienes votaron a su favor? Es una verdad a medias.

El exalcalde no tuvo la valentía de decirle al elector que él no estaba capacitado, que si él ganase se involucraría toda su familia, que pensaba poner en el cargo administrativo más alto del cabildo a su hermana y que su hijo (hoy prófugo de la justicia) asumiría la actitud de lo que nunca falta en el poder: alguien que promoviera los trabajos sucios, los contratos truchos, las relaciones con las compañías y con los empresarios dispuestos a ganar dinero con acuerdos por debajo de la mesa y, presuntamente, repartirse las ganancias entre Ellos y el alcalde jr.

Insisto: tanto en el país como en las provincias y cantones botamos mal por las autoridades que se encargarán de nuestro futuro, pero no es solamente culpa de los ciudadanos: claro que ellos tienen la obligación de informarse antes de elegir, ellos tienen la obligación de leer las entrelíneas, los silencios y las trampas que esconden los discursos de tarima y los lemas propagandísticos que nunca son inocentes.

Pero el rol de los medios es estratégico en lo que ocurre o en lo que no ocurre cuando el elector recibe las papeletas, camina hacia el pupitre, abre las hojas donde aparecen los candidatos y pone una raya donde mejor le parece.

Existen muchos ciudadanos que deciden ese momento: el momento en que les toca hacer una línea vertical en aquellas papeletas. ¿Cuál es el resultado? Lo que salga.

Y de ese “lo que salga” se producen estos resultados: alcaldes, prefectos y concejales corruptos, ignorantes, incapaces de entender las leyes, normas y reglamentos del Código Orgánico de Organización Territorial (COOTAD), poco o nada lúcidos a la hora de resolver los graves problemas de la ciudad, pero, eso sí, comprometidos con empresas privadas para otorgarles contratos y recibir sus porcentajes.

En su libro La ciudad y los medios, la consultora política Alicia Entel plantea que los años que vivimos son épocas “para repensar las subjetividades políticas y advertir el valor que los tiempos contemporáneos dan a las prácticas de repensar, revisar, reciclar, restaurar, recomponer”.

El problema, dice Entel, es que “los imaginarios reaccionarios del presente permanente impiden que las cosas sean diferentes, obnubilan al ciudadano-elector y no permiten el avance de un pensamiento predictivo y de una capacidad de anticipación ciudadana”.

Precisa que “esos pensamientos predictivos y esas capacidades de anticipación, tan necesarios a la hora de elegir a los conductores de una sociedad, chocan contra los intereses de quienes tienen el poder detrás del poder y a los que no les conviene que se arremolinen las aguas y la gran mayoría de ciudadanos produzca saltos fundamentales no solo en la decisión electoral sino en el desarrollo de los estados, de las provincias, de las urbes…”.

El rol de los medios de comunicación, por tanto, es motivar la configuración de un nuevo elector. La prensa no puede -ya basta, por favor- responde y apoyar al candidato que más pauta publicitaria posea o que maneje una mejor estrategia de mercadeo político.

Por el contrario, el deber del periodismo es indagar quiénes están detrás de cada candidatura, quiénes conforman el círculo íntimo de cada aspirante, cuál es el prontuario político y económico del postulante, qué hay detrás de cada una de las propuestas (que muchas veces caen al vacío porque no son ciertas) y, sobre todo, qué saben, qué conocen, cómo sienten la provincia, el cantón o la ciudad que, de llegar a triunfar en las elecciones, deberán administrar con lucidez, transparencia, pluralismo, proyección al futuro y, sobre ética.

De lo contrario, ocurrirá lo de siempre: la imposibilidad de desarrollar no solo estrategias de supervivencia sino formas creativas de superar colectivamente o, al menos, de cuestionar el orden existen por parte de los actores afectados por las políticas y las decisiones de quien no merece estar en el cargo para el que fue elegido.

Lo que ocurre en Quito y Guayaquil, por ejemplo, es patológico.

La capital está en manos de un alcalde suplente cuya parsimonia y capacidad de reacción son desesperantes y que ahora, para colmo, deberá dedicarse a desmentir las acusaciones por haber permitido, presuntamente, que una empresa funeraria construya en áreas del bosque protector.

Guayaquil, en tanto, está sumida en la violencia, el caos y en el abandono mientras su primera autoridad está preocupada de proyectar una imagen que de las páginas políticas ha pasado a las páginas de chismes rosa: con sus actuaciones poco responsables con su ciudad, hace que sus redes sociales estén atravesadas y bloqueadas por sus problemas personales y sus apariciones públicas como adolescente enamorada.

Qué decir de la prefecta de Pichincha, quien gobierna (¿) la provincia con grillete judicial en el talón de una de sus piernas. Hoy es el centro de un escándalo de distribución de dinero público para un mural asignado a dedo a un conocido pintor, quien recibiría medio millón de dólares, y la entrega del presupuesto de un millón de dólares a una radiodifusora del Consejo Provincial que se ha convertido en el lugar donde se refugian los seguidores y exempleados del aparato burocrático del expresidente Rafael Correa.

¿Queremos elegir, otra vez, gente de este nivel? La respuesta quizás sea no, pero habrá que ver qué pasa en este año electoral donde los medios equilibrados, serenos, no militantes ni de derecha ni de izquierda, hagan su trabajo profesional y contribuyan a que el futuro elector eleve su capacidad de análisis, reflexión y comprensión de que debe votar por quienes tengan la capacidad e inteligencia para concentrarse en administrar democráticamente su ciudad y su provincia sin anteponer oscuros intereses personales ni obvias militancias politiqueras.