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Juana y Bernarda

Diego Carrasco E.

En 1936, Federico García Lorca (Granada 1898 – 1936) escribe una de sus obras fundamentales La Casa de Bernarda Alba, que no llegará a ver nunca publicada ni estrenada, pues es asesinado por fascistas en las afueras de su natal Fuente Vaqueros, el 18 de agosto del fatídico 36, cegando la voz de un autor definitivo para el teatro mundial, por ser comunista y gay. La obra apenas se publicará y estrenará en 1945 en Buenos Aires, gracias a la labor de la gran actriz y directora española Margarita Xirgu, que hizo tanto por poner en valor la obra del granadino y por el teatro de Latinoamérica. Desde entonces hasta hoy, ha sido una de los obras referentes de Lorca, con miles de traducciones a diferentes idiomas y con miles más de representaciones en el mundo entero. Una obra que trasciende tiempos y lugares, que exige de una maestría actoral y escénica que con frecuencia arredra a muchos creadores. La poco feliz suerte de Lorca con algunas de sus obras no se limita a La casa de Bernarda Alba, con la mejor de las obras que escribió – creo yo – El público, fue peor, pero esa es otra historia.  

Para cuando se escribe Bernarda… en Madrid, Lorca se había convertido ya en un autor reconocido, gracias en buena medida a un monumental libro de poesía El romancero gitano, que sin embargo fue denostado por algunos de sus amigos cercanos como Dalí y Buñuel; por supuesto, también por su labor teatral al frente del grupo de teatro itinerante La Barraca, sus viajes a Buenos Aires donde se estrena con un éxito inusitado Bodas de Sangre. Tampoco verá publicado su libro poético más experimental Poeta en Nueva York, escrito en su viaje a la ciudad norteamericana. Ahí fue invitado por la Universidad de Princeton, donde se alojó en una habitación de las residencias estudiantiles que hasta hoy ostenta su nombre, como cuenta Paul Auster en su monumental última novela 4, 3, 2, 1. Viaje que también le llevó algunos meses a La Habana donde escribe El público y Así que pasen cinco años, dos obras catalogadas por él mismo como surrealistas.

MARTIRIO Ese hombre sin alma vino por otra. Tú te has atravesado.

ADELA Vino por el dinero, pero sus ojos los puso siempre en mí.

MARTIRIO Yo no permitiré que lo arrebates. Él se casará con Angustias.

ADELA Sabes mejor que yo que no la quiere.

MARTIRIO Lo sé.

ADELA Sabes, porque lo has visto, que me quiere a mí.

MARTIRIO (Desesperada.) Sí.

ADELA (Acercándose.) Me quiere a mí, me quiere a mí.

MARTIRIO Clávame un cuchillo si es tu gusto, pero no me lo digas más.

Este dramático diálogo, es una de las esencias del conflicto de la obra entre dos hermanas, que ven como su posible salida al encierro luctuoso al que Bernarda les tiene sometidas, “alcanzar” el amor de un hombre y vía del matrimonio, lograr huir del rigor materno, como mandan las buenas costumbres. Pero Adela es la más joven, y en orden de prelación en el rígido pensamiento español – aún en ese época a medio camino entre la modernidad y el oscurantismo – la primera en casar debía ser la hija mayor, en este caso Angustias, la heredera de la fortuna de su padre y su madre por derecho de primogenitura, y es a quien corteja abiertamente Pepe el Romano, aunque ocultamente mantiene un abrasador romance con la veinteañera Adela. Ocho años de luto debían pasar para que Bernarda levante las cortinas negras con las cuales atavió los ventanales de la casona, y permita una vida algo normal de sus hijas y tal vez, que puedan salir del encierro oscuro al que estaban todas sometidas. Encierro que además se sostenía en una rígida estratificación social, de un lado Bernarda, su madre y sus hijas, del otro las criadas y mujeres del pueblo llano que son parte de la pieza.

La Casa de Bernarda Alba, definida por el propio Lorca al inicio de la obra como un “drama de mujeres de los pueblos de España“ y en ese sentido es para él un “documental fotográfico”, se adentra en la vida de muchas mujeres españolas, anuladas, invisibilizadas y sometidas a las lógicas de un patriarcado retrógrada, pero también al yugo perverso de la moral, las “buenas costumbres”, el “qué dirán” y la férula religiosa, amargamente impuesta a la carne y al deseo, a la libertad y la vida de las mujeres rurales de la España de inicios del siglo XX. Para 1931, instalada ya la Segunda República española, las contradicciones sociales, políticas y culturales, estaban llegando a un punto de tensión irreconciliable, luego se agravarían con el golpe de Estado de julio de 1936 que desató la cruenta Guerra Civil que instauraró en el poder al fascismo comandado por Franco y ejecutado con mano de hierro por salvajes asesinos como Queipo de Llano, Sanjurjo y Mola.

Para cualquier ojo avizor, son esas contradicciones las que están presentes en la obra de Lorca, quien, consciente o inconscientemente, refleja en Bernarda… la realidad de la ominosa vida de las mujeres en esa España que no se atrevía sino tímidamente a la modernidad – tal vez en las ciudades principales – pero que seguía siendo casi medieval en la mayoría del campo de todas las provincias ibéricas. Todavía en 1956 esta realidad se muestra en la genial película Calle Mayor de Juan Antonio Bardem, dónde otra vez son mujeres sojuzgadas al límite patriarcal y religioso, quienes protagonizan el film.

Bernarda es una perfecta metáfora de esa España que se debate entre las tradiciones retardatarias y la juventud que quiere cambiar y vivir de otro modo. Es el reflejo del rancio conservadurismo, que se volvería fascismo descarado, amparado en el alero protector de una iglesia tradicional – por esos mismos años (1928) vería la luz la más obtusa de las congregaciones católicas, el Opus Dei – y de una militarización creciente de la sociedad, contra las que lucharon republicanos, comunistas, socialistas y gente de pueblo que esperaban nuevos aires para mejorar la vida, que por entonces además, era paupérrima para la mayoría de españoles, y que fueron masacrados por el “nuevo orden” que buscaba que España sea “una, grande y libre” sin reconocer las inmensas particularidades de un maravilloso país como el que existe en la península. Pero, no se confundan, la obra no tiene nada de realista pues su valor poético, simbólico, evocativo, supera la crueldad de las realidades que mira.

Bernarda, sin querer, narra taras que también perviven entre nosotros: la violencia familiar jerárquica y soterrada, donde las apariencias aún son decisivas para mucha gente; una sociedad en la que lo que no se dice y lo que se calla aún puede ser norma de vida y la sexualidad es un ejercicio con cargas morales sobre todo para la mujer; pero también, somos una sociedad –  no en vano cité los bocadillos de Adela – en los cuales el ansia de libertad de a poco va ganando la contienda a una urbe aún moralista y pacata.

Y es más decidor que el trabajo de esta puesta en escena – confirmando el aserto de que el teatro, como pensaba Artaud, es a la vez su doble – sea dirigido por esta excepcional creadora de las tablas que es Juana Estrella Aguilar. El montaje en sí mismo es un correlato de Bernarda. Con su lucidez infinita, Juana invita a un grupo de mujeres invisibles a la sociedad, mujeres cuencanas de vida “normal” si se quiere, a correr el riesgo de subir a las tablas y hacerse visibles, como visibles se hicieron los millones de mujeres que se sintieron encarnadas en la obra original de Lorca. Juana da vida no solo a estos personajes, sino que los alimenta de la vida de estas maravillosas mujeres cuencanas, que seguramente han volcado toda su historia vital escondida en entregar, en entregar a la puesta en escena, sus experiencias que el público podrá ver a partir del 24 de marzo.

Juana es, sin dudarlo, la actriz más relevante de su generación de teatristas, aquella que nació de los talleres de la gerencia cultural del Banco Central del Ecuador a mediados de los años 80 y que se constituyó en la primera generación de artistas escénicos profesionales de la ciudad. Actriz de larga data, que ha mostrado su inmensa capacidad creativa en obras tan relevantes para el teatro nacional como María Magdalena, El monólogo de la Escoba basado en un fenómeno axial para el humor de la ciudad como fue la publicación del periódico homónimo en los años 50; Loca para loca la Juana con texto suyo mismo, entonces también es dramaturga y directora por supuesto; sin descuidar que ha sido parte de numerosos proyectos televisivos y cinematográficos en todo el país. Juana es y seguirá siendo un referente de la escena nacional: solvente, brillante, impulsiva, sabia, humana como pocos, sensible y lúcida, una actriz con incomparables dotes para la construcción de personajes y que ha ido de la comedia al drama y a la tragedia, con la misma capacidad con la que vive. Con una vitalidad contagiosa, marca con este montaje que dirige, una nueva manera de acercarse a la realidad y de integrarla con el arte, acudiendo con sobrado arte a un recurso recurrente del teatro posdramático: permitir que rastros de la realidad se presenten, ya no se representen, en la escena, como propone José Antonio Sánchez.

Esta Bernarda, que sé bien cuán cara debe ser para una actriz y directora mayor como Juana, responde también a su inclaudicable lucha por mostrar desde el arte, la violencia contra la mujer, por destacar a la mujer siempre preterida en una sociedad que se niega a entregar los elementales derechos que las diferencias de género invocan, por tener al fin, un mundo más justo para todos. Gracias, hermana, tu vida y tu labor son siempre un ejemplo para todos.

DATOS

Puntos de venta: Libri Mundi, Almacén Centro Histórico y Mall del Rio

El Rey del Burrito, Alfonso Cordero 2-93 y Manuel J Calle

Dekorare, C.C. Plaza de las Américas

Valor $10

Estreno: 20H30 24 de marzo

Funciones:20H00, 06-07-08 de abril

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