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Cívica y ética

Mario Jaramillo Paredes

Cuando me preguntaron sobre cuáles creo que deben ser los contenidos de las asignaturas de Ética, Cívica y Ciudadanía, que el Ministerio de Educación ha resuelto que vuelvan al plan de estudios, sostuve que deberían tratarse como un estudio de caso sobre la corrupción. El método de estudio de caso, evita el memorismo y la teoría abstracta, optando por la investigación de casos reales.  Debería también analizar- por contraste- los casos de gobernantes y ciudadanos que optaron por conductas éticas y mostraron que lo público no es sinónimo de corrupción.

En todo caso, es una buena noticia el retorno de Ética, Cívica y Ciudadanía a los planes de estudio. El país pedía eso. Y mejor todavía si se integra como parte de una estrategia nacional de lucha contra la corrupción.

Según la Real Academia, el civismo es el “celo por las instituciones e intereses de la patria y el comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública”. La Ética se asocia con el “conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida”. Y, como “parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores.

Para quienes estudiamos hace ya bastantes años- en lo que en ese entonces era la secundaria- Cívica y Ética eran materias obligatorias. A veces, excesivamente teóricas y memorísticas. Pero nadie duda que fueron parte de una formación en valores. Luego esas asignaturas desaparecieron, tal vez como preparando el camino para la hecatombe que vino después. Tener un comportamiento ético se volvió cosa de lerdos y tontos, mientras se hacía y se hace una apología del “pilas” y el avispado, es decir de la falta de escrúpulos. Ganar como sea, ser un triunfador, fueron el nuevo credo, en vez de fomentar la solidaridad y la convivencia civilizada. Los resultados son los que el país conoce y se traduce en miles de millones de dólares que se fueron por las alcantarillas de la corrupción.

Lo que hay que evitar es que se convierta en una materia teórica. Estudiar casos específicos de corrupción y, por contraste, de buenas prácticas, podría ser un buen camino. Y, evitar que se vuelva pretexto para que activistas políticos adoctrinen. (O)

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