El Demoledor

José Chalco Salgado

También fue, hacia el año 1993, una aclamada película con mucho éxito de taquilla.

En ella participó Sylvester Stallone bajo una serie de aventuras que sucedían entre delincuentes y la policía, prisión criogénica (preservación de seres vivos congelados), una sociedad que ha cambiado y criminalidad que resucita.

Hoy ha renacido. Y no precisamente la película citada. Al contrario. Es de la vida real y no de la pantalla grande como lo suelen llamar.

Sí. Ya en el 2022, cuando hay conciencia por el cuidado del ambiente, la construcción verde, economía circular y comprensión sobre la carencia de recursos públicos para atender las necesidades de la sociedad; surgen nuevos demoledores. En serio.

Con una diferencia sustancial, ostentan cargo de autoridad y ejercen el poder político.

En un Estado como el ecuatoriano, en el cual los dineros son exiguos, la obra pública muy cara y carente la atención con obra a favor de los ciudadanos que más lo necesitan, nos damos -como diríamos- ¡el lujo! de destruir y demoler edificaciones públicas para dar tinte de cambiar la marcha de la historia y seguramente se dirá, para hacer transformaciones fundamentales.

Veamos. Demoler una edificación en el cuartel de la Policía Nacional no mejora en nada el panorama.

Mejor píntelo del color que le exijan, reutilícelo con una nueva analogía, ponga cámaras, establezca placas y símbolos que hagan conciencia sobre lo que no se debe hacer; pero no destruya lo poco o escaso que tiene el Estado como son sus bienes para sus ciudadanos.

A propósito ¿La Contraloría General del Estado ya lo sabe? ¿Hay un proceso iniciado que lo justifique con orden de autoridad competente? ¿Ya está claro que no habrá responsabilidad administrativa y civil determinada por los órganos de control hacia el demoledor?

En fin, entre El Demoledor de película y el nuevo que en los Andes del Ecuador ha nacido, es preferible el de la ficción y taquilla. (O)

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