El archivo de El Mercurio, un legado histórico de Cuenca

Portada de El Mercurio en la que se anunciaba del accidente de avión en Ricaurte. Foto: Andrés Mazza
Portada de El Mercurio en la que se anunciaba del accidente de avión en Ricaurte. Foto: Andrés Mazza

Desde el 22 de octubre de 1924, El Mercurio ha hecho cada día lo mismo: registrar lo que ocurría en Cuenca. Cien años de ediciones dan como resultado un archivo que ninguna otra institución de la ciudad posee. Es el registro continuo de cómo creció, qué temió, qué celebró y de qué se quejó una sociedad a través de las páginas del periódico. 

Adentrarse a cada uno de los textos es regresar a un pasado, a una época distinta. Leer El Mercurio de los treinta, cuarenta y cincuenta dista de leer las páginas escritas después de los setenta. 

Detrás de cada nota hay un contexto, y, por fortuna, El Mercurio lo preserva. En sus instalaciones guarda un acervo de cada edición que se publicó desde el 22 de octubre de hace 102 años. Aquellos que han pasado por cada página, ya sea como investigadores, lectores, curiosos o buscando algo publicado, se han encontrado con una serie de historias únicas. 

A través de El Mercurio, podemos saber ciertos acontecimientos que hoy están frente a nosotros, como parte de nuestra vida y entorno. Por ejemplo, en la edición de mayo de 1931 se anunciaba la inauguración del monumento a Abdón Calderón, cuyo contrato había reseñado en 1927, y el que se informaba que el bronce de la infraestructura se fundiría en Italia por 30.000 sucres.

O podemos conocer cómo creció la ciudad empezando con la aprobación del plan urbanísticos del arquitecto Gilberto Gatto Sobral, concebido para «la urbe del mañana», por parte del Concejo de Cuenca en octubre de 1949. 

Siguiendo las crónicas del crecimiento urbano, ya en los setenta, los lectores fueron testigos de cómo Cuenca se transformaba. La ciudad dejó de estar trazada con cuadrantes y continuó más allá de San Sebastián, San Blas, El Vecino y Todos Santos. Y todo eso registró El Mercurio. 

Acontecimientos de Cuenca

Las malas noticias tampoco faltaron. El Mercurio del siglo pasado registró varios sucesos que marcaron a la ciudad. 

El primer gran registro del archivo tiene que ver con el Tomebamba. La noche del 3 de abril de 1950, una creciente del río sorprendió a la ciudad. Al día siguiente, un cronista lamentaba la pérdida del puente de El Vado, una reliquia colonial, y del de Todos Santos, hoy Puente Roto, el más antiguo de la ciudad. El 5 de abril, la portada tituló “Once puentes arrastrados por aguas en zona urbana y suburbana”. Las aguas anegaron la Tres de Noviembre y la avenida 12 de Abril, arrasaron las propiedades cercanas a las orillas y también se llevaron el puente de El Vergel.

El Mercurio informando sobre la creciente del río Tomebamba. Foto: El Mercurio
El Mercurio informando sobre la creciente del río Tomebamba. Foto: El Mercurio

Casi cuatro décadas más tarde, en 1989, fue el Yanuncay el que se desbordó y destruyó 40 casas y 8 puentes. El agua también fue noticia por su ausencia. En diciembre de 1968, durante un estiaje prolongado, el Municipio usó las páginas del diario para pedir a la población que cumpliera las medidas de higiene, bajo amenaza de sanción.

La peor tragedia asociada a los ríos llegó en 1993. La noche del 29 de marzo, en medio de un intenso aguacero, el cerro Tamuga se deslizó sobre La Josefina. El desastre había sido advertido años atrás por la explotación de canteras en la zona. El deslave represó los ríos Cuenca y Jadán y formó un lago que sepultó tierras y viviendas.

El archivo también guarda la historia de la aviación sobre Cuenca, una historia marcada por la pérdida. El 17 de julio de 1946, un bimotor de la empresa Andesa, con ocho tripulantes y 25 pasajeros se estrelló en la zona de el Medio Ejido. 

Tres décadas después, la ruta aérea hacia Cuenca encadenó una serie de accidentes que el diario El País, de España, llegó a llamar “la ruta de la muerte” porque varias personas murieron. El hecho más recordado fue cuando la mañana del 11 de julio de 1983, un avión de Tame se estrelló en el cerro Bazhún, en Ricaurte. Murieron 119 personas

Grandes firmas

El Mercurio no se limitó a registrar. Desde su página editorial, firmas como «Próspero», seudónimo de Antonio Lloret Bastidas, y «Gaspar Sangurima», de César Andrade y Cordero, reclamaron por la salubridad, las vías y las promesas incumplidas.

La caricatura cumplió una función similar, sobre todo en el ámbito político porque el tema siempre ha sido el mismo, lo único que ha venido cambiando son los personajes, lo resumió Jaime Lara, caricaturista de El Mercurio entre 1979 y 1980.  

La vocación crítica llevó a que las páginas del diario se publiquen temas de investigación que hoy continúan más que nunca. 

El mundo

Los cuencanos, asimismo, conocieron lo que pasaba en el mundo por medio del impreso. Varios ejemplos: el 9 de agosto de 1945, el diario informó sobre la destrucción de Hiroshima. En julio de 1969, el Apolo 11 ocupó toda la portada. Hubo espacio para lo insólito, como el supuesto platillo volador de Laredo que el diario reprodujo en abril de 1950. 

No se diga la política extranjera, la Guerra Fría, Estados Unidos, el comunismo. En fin: un sinnúmero de eventos que quedaron impresos. 

Proyecto

Cumplidos 102 años, El Mercurio apunta a un nuevo proyecto: digitalizar el archivo que brevemente lo hemos mencionado. La tarea es ardua, y, sin embargo, es un plan a mediano plazo con un único objetivo: compartir la historia de Cuenca con nuestros lectores.

¿Por qué es importante preservar los archivos?

Mantener y preservar un archivo de prensa trasciende con creces la simple acumulación de papeles viejos o fotografías; se trata de un ejercicio contra la desmemoria y de una herramienta fundamental para comprender la identidad de una comunidad. Así lo sostienen especialistas al analizar la trascendencia del acervo documental del diario El Mercurio.

Para la antropóloga e investigadora Gabriela Parra, quien realizó una revisión sistemática de 38 años de publicaciones diarias (comprendidas entre 1924 y 1962), el archivo de un medio de comunicación custodia una memoria profunda que permite cuestionar y entender los orígenes de la sociedad. 

Parra advirtió que, sin el resguardo de estos acervos, la sociedad padece la “enfermedad del olvido”. 

“El archivo te permite constatar o refutar lo que se asume del pasado”, dijo la investigadora. 

La investigadora Gabriela Parra en el archivo de El Mercurio.
La investigadora Gabriela Parra en el archivo de El Mercurio.

Por su parte, Tamara Landívar, antropóloga de Cuenca, remarcó que la conservación documental representa un acto de ordenamiento histórico y un legado de carácter humano e institucional. Landívar enfatizó que los procesos, decisiones y vivencias archivados adquieren con los años un valor donde la ciudadanía se reconoce a través del tiempo.

Evocando al historiador Arthur Doughty, Landívar opinó que los archivos constituyen el regalo más preciado que una generación transmite a otra, pues representan el mensaje sobre cómo se edificó la sociedad y la responsabilidad de preservar ese patrimonio para el futuro. (I)

Andrés Mazza

Andrés Mazza

Periodista y fotógrafo. Escribe sobre cultura, educación, migración y astronomía.