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La nueva Asamblea Nacional

Con el ineludible reto de recuperar la credibilidad y la confianza, tan venidas a menos en estos últimos cuatro años, la nueva Asamblea comienza sus funciones en medio de circunstancias complejas del país.

Siendo el centro del debate político, y donde las divergencias suelen exponerse con vehemencia, y a veces hasta con intransigencia, el Legislativo está llamado a darle gobernabilidad al nuevo régimen; pero también a fiscalizar y a legislar con transparencia, a ser propositivo con proyectos de ley viables, y a actuar a tono con la realidad social y económica.

No existe legislador que no se haya pronunciado a favor de trabajar pensando en el país, a luchar contra la corrupción, incluyendo con la que puede aparecer casa adentro, sobre todo a encontrar consensos que permitan a los ecuatorianos vislumbrar un horizonte de optimismo.

Sin embargo, los primeros cabildeos han puesto en entredicho muchos de tales propósitos.

A pretexto de garantizarse gobernabilidad, pactar para tratar de echar abajo resoluciones judiciales, todas ellas ligadas a la corrupción, es poco menos que un desatino, y el primer gran sacrificado será el “país del encuentro”.

Propugnar que las enconadas luchas políticas se diriman en la administración de justicia, es tan grave como apuntar a que sus fallos puedan caer en sospecha, y con ello buscar impunidad para los corruptos en algún organismo internacional.

Es obvio que los ecuatorianos quieren que todas las funciones del Estado trabajen en conjunto para buscar soluciones prácticas a los problemas que les abaten, comenzado por la economía, la inseguridad y la salud.

Pero no es menos cierto que también quieren que no haya tregua para la corrupción.

Las bancadas legislativas deberán actuar, no pensando tanto en las próximas elecciones, ni llegando a acuerdos entre sí para oponerse a todo, pero exigir todo.

La actual Asamblea deberá demostrarle a muchos ecuatorianos cuan equivocados están al calificar a los legisladores de ociosos, pendencieros, diezmeros, “vivos” y hasta de ignorantes. Los nuevos no querrán tales adjetivos, ¿verdad?

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