El coleccionismo

Desde que el hombre siente en su interior que la belleza, en todas sus formas, es algo digno de poseer, quiere tomarla para sí. 

Esto explica, en grande, el afán de los Señores del Renacimiento y épocas posteriores, por rodearse de infinidad de cosas llenas de rasgos de hermosura y que dio lugar, con el paso del tiempo, a las grandes colecciones, que hoy adornan mansiones en todas partes del mundo, y eso, en cierta medida, también la formación de los museos.

Pero, en diferente escala, infinidad de personas muestran su deseo de poseer unos cuantos o muchos objetos de diferente naturaleza, y en enseñarlos a quien los quiera ver.

He reunido infinidad de rastros de lo humano, desde muy joven, algunos pequeños bienes que en su momento me llenaron de gozo, y que aún hoy lo siguen haciendo.

De las primeras cosas que recuerdo haber reunido, cuando niño, muy poco queda. Así mi primera pasión fueron los autógrafos, algunas estampas y las estampillas. De las dos últimas, ni rastro.

Me encantaban los recuerdos de bautizo y primera comunión. A los desplazados por la guerra del 41 les llamaban “evacuados”. Un niñito de ellos, nacido varios años antes que yo dejó una estampa, se llamaba Amado Ecuador Guerra. Mi madre me explicó quién era.

Las estampillas parece que las usaron mis hermanos menores para sellar sus “cartas”, cuando tuve una fulminante vocación y fui al Seminarios por unos meses.

Los autógrafos me llamaron la atención desde que tenía 7 años: mi tío Lucas S. Vásquez me puso una dedicatoria en mi libro de primera comunión. Tiempo después, cuando tuve mi libreta, la primera firma, bajo un texto muy cariñoso, fue la suya. 

Guardo como un mínimo tesoro ese viejo objeto, que contiene testimonios de algunos seres muy queridos; casi todos ya muertos.

Más cercanamente armé varias pequeñas colecciones, de todas las que les hablaré en otras entregas.

Ahora solo quiero referirme a mis ángeles de porcelana Rosenthal, que no son muchos, pero que se unen a la serie de representaciones de esos seres que me son entrañables. Los mencionados me los regaló, a lo largo de los años, mi amiga Elena Kohls, cada que volvía de sus viajes a Alemania. Uno de ellos, el lector, se convirtió en personaje de PEREGRINO EN EL TIEMPO, novela corta, incluida en mi libro DANZA DE FANTASMAS. (O)

DZM

Licenciada en Ciencias de la Información y Comunicación Social con experiencia en coberturas periodísticas, elaboración de suplementos y materiales comunicacionales impresos. Fue directora de diario La Tarde y es editora.

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