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Una nueva esclavitud

Mi profesor de Periodismo Digital, hace un tiempo atrás, nos animó a reflexionar acerca de los posibles escenarios que tendríamos los seres humanos a partir del posthumanismo. Estos se sintetizaban en convertirnos en dioses, esclavos, robots o transhumanos. Mientras reflexionaba acerca de las bondades de la globalización, me dejé llevar por la procrastinación y terminé a la deriva analizando si yo era un esclavo digital.

Instantáneamente procedí a revisar una función de mi celular llamada “tiempo en pantalla”, donde se registran la cantidad de horas en las que ocupo mi celular cada día. Cuando la aplicación arrojó un tiempo de cinco horas con 45 minutos, sentí vergüenza al darme cuenta de que no era el hombre saludable e independiente que presumía ser.

De golpe recordé que hace unos meses atrás había leído acerca de “La Rebelión de las Máquinas”. Se trata de un recurso narrativo que proyecta un escenario apocalíptico, que es utilizado constantemente en el género de la ciencia ficción, donde las máquinas capaces de crear inteligencia artificial se rebelan contra sus creadores, los seres humanos.

Muchas veces he argumentado en contra de las cualidades humanas que la ciencia busca otorgarles a las máquinas. Con un tono jocoso disfruto de hacer alusión a películas que contienen este tipo de narrativa como Yo Robot y Terminator.

Siempre he considerado que mi temor es racional, debido a que implementar rasgos de nuestra naturaleza, totalmente egoísta e impositiva, guiaría por inercia a cualquier robot hacia una revuelta contra nuestra especie. Incluso Stephen Hawking, uno de los físicos más influyentes de la historia, dijo a la BBC que “el desarrollo de una completa inteligencia artificial podría traducirse en el fin de la raza humana”.

Existen momentos en los que he utilizado como un paliativo psicológico lo sucedido en la revolución industrial, donde muchas personas rechazaban con temor la implementación de maquinaria. Sin embargo, la principal diferencia es que aquellas máquinas no tenían un estado de conciencia.

Rechazo la idea de convertir a la máquina en un elemento más de nuestro cuerpo, como si de un órgano se tratase. ¿Cómo algo creado por un humano puede superarlo intelectualmente? Es una de las interrogantes frecuentes que tengo cuando pienso en “La Rebelión de las Máquinas”.

En mi intento por calmarme pensé que tal vez estaba satanizando un proceso de carácter evolutivo y natural que me había facilitado la vida en innumerables ocasiones.

Pasaron un par de horas hasta que mi celular me solicitó una actualización del sistema operativo. Como un padre primerizo ante el llanto de su recién nacido, me levanté de mi cama fugazmente hasta encontrar mi cargador, acepté los términos y condiciones de la actualización y esperé pacientemente a que mi celular volviese a su estado usual.

Al darme cuenta de mi desesperada actitud por complacer los caprichos operativos de mi celular regresé a mi estado crítico, pero ahora con mayor rigurosidad. Ya no pensaba en robots como mis potenciales enemigos, sino en mi propio celular. ¡Dormía con el enemigo! Desde hace años ya era un esclavo de la tecnología. Me sentí tan apenado que opté por alejarme del celular un rato.

En la obra “El Miedo de la Libertad” Erich Fromm, uno de los principales renovadores de la teoría psicoanalítica del siglo XX -antes de la era digital- manifestó que: “El hombre ha perdido su capacidad de desobedecer y cuestionar. Si no usa el sentido crítico, podría iniciar el fin de la civilización”. ¡Era lo que me estaba pasando! ¡Era obediente!

Así fue como llegué a la reflexión de que no somos más que esclavos con aires de grandeza que de vez en cuando tienen algo de dioses, por lo tanto, el creer que la digitalización nos convertirá en deidades es algo irreal, debido a que nuestro teléfono celular ya nos ha esclavizado sin esfuerzo alguno.

¿Convertirnos en cíborgs? Considero que igual sería una extensión de la esclavitud tecnológica, ya que la implementación de códigos y formas de comunicación ajenas a las nuestras nos convierte en seres colonizados por las máquinas.

A pesar de que la idea de los transhumanos suena liberadora, mantiene los mismos fundamentos de esclavitud que un cíborg, porque nos orilla a percibir a nuestra humanidad como una debilidad, que pondría a aquellos seres humanos conformes con su “soporte” (cuerpo) en un estado de sumisión.

Pienso que siempre estuvimos diseñados para ser esclavos. Las religiones, las tendencias políticas y las guerras son las principales muestras de esclavitud a las que nuestra especie ha estado expuesta. Pero ahora hay una nueva esclavitud, se llama digitalización.

El filósofo Michel Foucault, en su obra Microfísica del Saber, afirmaba que “donde hay poder hay resistencia”. Leo esta cita con nostalgia, porque en el futuro no será así. (I)

Ibrahim Rodríguez

El Khori

@Rodríguez_Khori

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