En China en particular y en Asia en general acaba de celebrarse con toda la pomposidad el inicio de un nuevo año, el Año Nuevo chino. El resto de ese continente ya lo hizo o lo hará en días venideros y en diferentes partes también, de acuerdo a sus creencias: el calendario greco, el etíope, el persa, el musulmán, etc. En Occidente celebramos hace casi dos meses esta fiesta con lo que cabría preguntarse por qué el desacuerdo y quién tiene la razón.
La misma inquietud debió haberse planteado el papa Gregorio XIII cuando puso a sus peritos a investigar y establecer un año correcto, una fecha exacta y terminar con la anarquía existente en ese tiempo y, aunque no lo remarquemos, ahora. Le informaron que había un atraso con el calendario vigente, el Juliano. Allí es cuando se da lo que se conoce como los 10 días que nunca existieron dado que Gregorio, seguro de sus asesores, decidió subir tal cantidad de días y así “igualarse” con el tiempo real. Todo bien, debió pensar él; se equivocó, no calcularon correctamente y le dieron un dato errado que persiste.
Los antiguos construían observatorios para, entre otras cosas, ver la actividad del espacio. La ciencia occidental dice que era sólo para aprovechar mejor las cosechas, dislate propio de su pequeño conocimiento de la ciencia ancestral que estableció una inusual alineación general en forma de cruz que marca el inicio de una nueva era en febrero de 1962, es decir ya estaríamos en el año 63 de este nuevo periodo. Los nacidos entes de esa fecha ya viven en un nuevo “año solar” y, los que después, en el nuevo. Alineaciones planetarias se dan por centenas, ninguna como esta y tiene de relevancia que es el año 0 de una nueva era que será llamada Edad Dorada de la nueva humanidad por supuesto, dado que ya existieron otras y cuya duración será aproximadamente de 7 000 años, con 3 periodos más de igual duración, pero en declive, hasta volver a cero e iniciar nuevamente, porque vivimos en un universo cíclico. Pero eso ya es tema de un artículo posterior. (O)