La vida es impredecible. No podemos evitar que nos cancelen un vuelo, que alguien nos critique sin motivo o que un proyecto en el que pusimos esfuerzo fracase. Lo que sí podemos controlar es cómo interpretamos lo que nos sucede y nuestra respuesta ante ello.
Epicteto, el filósofo estoico, manifestó hace siglos que: “No nos afecta lo que nos ocurre, sino cómo lo interpretamos”. En realidad, la diferencia entre una crisis y una oportunidad no siempre está en los hechos, sino en cómo los vemos. No podemos controlar el tráfico, pero podemos decidir si pasamos ese tiempo peleando con el que se nos cruce o escuchando un buen podcast. No podemos evitar que alguien nos critique, pero podemos evitar que sus palabras nos definan.
En la vida profesional, todos enfrentamos contratiempos: un reconocimiento que no llega, un jefe difícil, un cliente imposible. Carol Dweck, en su libro Mindset, explica que las personas con una mentalidad de crecimiento ven los errores y desafíos como oportunidades de aprendizaje en lugar de fracasos personales, y entienden que cada experiencia, incluso las desagradables, pueden enseñarnos algo.
En el ámbito personal no siempre podemos evitar que alguien nos hiera, pero podemos decidir si alimentamos el resentimiento o seguimos adelante. No podemos cambiar nuestro pasado, pero sí cómo lo recordamos y qué hacemos con ello. La escritora Edith Eger, sobreviviente del Holocausto, lo dice con contundencia en The Choice: “El sufrimiento es universal. Pero la libertad está en cómo respondemos a él”.
Esto no significa ignorar las emociones difíciles, sino reconocerlas sin dejar que dicten nuestras decisiones. Entre lo que nos ocurre y lo que hacemos con ello hay un espacio, y en ese espacio está nuestra libertad. (O)
@ceciliaugalde