Ha vuelto a ponerse en el tapete de la discusión la posibilidad de incrementar las penas, hasta la cadena perpetua, para delitos que afecten de manera muy grave la moral y la vida de la comunidad. Hay personas que no verían mal la pena de muerte, inclusive, en algunos casos. Pero sería terrible que haya tales penas en un país como el Ecuador donde la justicia es, con excepciones, politizada, corrupta y poco eficiente.
Además, la Constitución establece que la prisión para los delincuentes no tiene carácter punitivo sino de rehabilitación. Perdería por completo tal naturaleza el momento en que sea para toda la vida. Pero es bueno reflexionar que ahora mismo, aunque sea por meses o años, la prisión no rehabilita a nadie. El Estado incumple su misión, como en tantas otras cosas, y para lo único que sirven esos mal llamados Centros de Rehabilitación Social –eufemismo para designar los antros de suciedad, inmoralidad y hacinamiento más grandes, las más “perfectas” escuelas del delito, que financia el propio Estado- es para denigrar al ser humano y para terminar el proceso de destrucción moral que comienza en las calles y en los hogares afectados por la miseria, por la falta de instrucción y por carencia de políticas que busquen la redención de muchos ecuatorianos
Son inconvenientes la cadena perpetua y de la pena de muerte por ser crueles, peligrosas –en países sin justicia confiable como el nuestro, insisto- y porque sólo buscan la venganza colectiva en contra del delincuente. Pero eso sí el Estado tiene que proteger a la sociedad de la agresión por parte de estos seres que, con culpa o sin ella, afectan la vida y la seguridad de la gente. Que haga todo cuanto debe para mejorar las condiciones de vida e instrucción del pueblo, pero también que fortalezca a la Fuerza Pública para el cabal cumplimiento de su misión, Qué se busque una forma adecuada de garantizar el ejercicio de una justicia idónea que no permita prisión sin sentencia para nadie, como sucede ahora en centenares de casos, ni el castigo a inocentes o libertad para los culpables, especialmente esos de cuello blanco que tanto desmoralizan y que tan mal ejemplo siembran en las generaciones jóvenes. (O)