
Pretender ganar las elecciones con engaños, mentiras, suscribiendo pactos, a la larga inejecutables por ser contradictorios con sus principios y su pasado, y prometiendo todo, hasta lo económicamente imposible, implica jugar con la confianza, la esperanza y la realidad.
Los dos candidatos finalistas apuntan a triunfar. Es el objetivo de sus respectivas organizaciones.
Empero, son visibles ciertas estrategias sin mayor sustento. Juegan, pues, con un electorado, hasta ahora ávido de certezas, cuyo denominador común, debe ser la verdad, sobre todo la verdad.
Con la finalidad de conquistar el voto de los indecisos, de quienes en la primera vuelta lo anularon o lo hicieron en blanco, no únicamente se contradicen, incluso con sus planes de trabajo, por los cuales, de ganar, serán llamados a rendir cuentas; también intentan cambiar de imagen, hasta la gestual, o toman para sí propuestas con las cuales, en el fondo, no comparten.
Asumir compromisos sin beneficio de inventario como si no conocieran la realidad nacional con tal de sumar votos, no es lo más prudente. Tarde o temprano pueden convertirse en camisas de fuerza, hasta de chantaje, de las cuales, por lo general, no se sale bien librado.
Como esas, hay bastante experiencia en el Ecuador, pésima por su puesto, habiendo incluso puesto en juego la gobernabilidad y hasta la estabilidad democrática.
Buscar adhesiones con quien sea, así sea solo para la foto o el video; acudir a lugares donde su gente defiende lo suyo y por ser suyo está contravía con las políticas de quien lo visita en busca de su voto; o cruzar por los cuatro puntos cardinales del país prometiendo bonos, obras; en suma, el edén, es tomar al pueblo como desprovisto del sentido común.
Esperar la pura verdad de los dos finalistas resulta un espejismo. Queda, pues, insinuarle al pueblo este pensamiento de un escritor español. “Los políticos son como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa”.