Empezaré por decir que, si en mi época hubiese pedido un celular de regalo, muy probablemente lo que hubiera recibido era un sermón sobre el sentido común, la lógica, las prioridades y los riesgos, al puro estilo los padres de antes y de seguro, el regalo hubiera sido algo que ellos lo consideraban necesario para mí, lo que con cierta seguridad apuntaría a un par de zapatos nuevos para el colegio.
Obviamente entre los tiempos actuales y los de mi época 80 y 90, hay mucha diferencia a pesar de que, a nivel generacional, solo se trata de una generación; sin embargo, tengo la fortuna de compartir con adolescentes ya sea por mi familia, trabajo o comunidad y con gran preocupación observo la adicción a los dispositivos móviles.
Me permito comparar la dependencia al celular con una adicción conductual debido a la necesidad de consumo de cierta información, así como, a la búsqueda patológica de cierto alivio. Esta evidente disminución en las habilidades sociales indudablemente produce un deterioro afectivo en el entorno más importante de toda persona, la familia y claro está, un deterioro implícito para la misma persona que sin darse cuenta, lo padece.
Lo graves es que, consecuencia de esta dependencia son las alteraciones durante el desarrollo y a mi criterio, la más grave es la incapacidad de relacionarse e interactuar entre individuos, lo que lamentablemente invalida ese papel de gran importancia que es el natural, cotidiano y progresivo desarrollo de todo adolescente, principalmente.
Tanto la dinámica de una sociedad de tiempos actuales que justifica una comunicación constante como, la inseguridad, exigencias cognoscitivas, paradigmas sociales, acceso, facilismo y demás que exigen de modernización tecnológica, nos “atrapa en la telaraña”; no obstante, mientras no normalicemos personas nomofóbicas en casa o en la escuela, busquemos desde nuestra corresponsabilidad la fórmula que nos permita inteligenciar lo pronosticado. (O)