Deben ser unos 25 años, que en una pared de la ciudad del Sígsig vi un grafiti que decía: “El punk es cultura, no una bola de guambras hijueputas”. No creo haber leído una definición tan clara y poética. El punk es cultura, o quizá sería mejor decir, fue cultura de la alteridad. Es que en el consumado capitalismo digital-neoliberal se produce una re-funcionalización de la diferencia de tal manera que no solo queda neutralizada sino lista para ser consumida. Esto se explica, por la imposición de la uniformidad y la conformidad. El cuestionamiento, la resistencia, la indignación, ya no producen transformación, sino rentabilidad. “Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”. En palabras de Byung-Chul Han tal sociedad solo admite lo que es estrictamente idéntico, creando “el infierno de lo igual” porque la alteridad, que es fundamental en la experiencia humana, en el momento que queda integrada a la lógica hegemónica del sistema, pierde toda consistencia emancipadora cognitiva, ética y política. El hecho que todo quede admitido dentro de una normalidad mercantil no es un triunfo de la modernidad democrática. La modernidad fue un proyecto de inclusión de lo distinto en cuanto distinto, pero la uniformización de las subjetividades reduce la capacidad crítica, empobrece la pluralidad y afecta nuestro desarrollo integral. Cuando todo se vuelve semejante, transparente y calculable la vida se empobrece, se torna aburrida. Dejamos de sorprendernos y dejamos de comprendernos a nosotros mismos como seres irrepetibles e inéditos. (O)








