¿Qué queda de París?

En el 2015, el Acuerdo de París buscó construir una respuesta frente al desafío de la crisis climática. Hoy, ante un mundo marcado por tensiones y prioridades nacionales, el espíritu de cooperación continúa siendo necesario.

El 2024 fue el primer año calendario en registrar un promedio anual superior a 1,5 °C respecto de la era preindustrial (1850-1900), con una anomalía estimada de 1,55 °C, dato que merece atención, pues cada décima adicional de calentamiento incrementa, en general, los riesgos de olas de calor, lluvias extremas, sequías, deshielos, aumento del nivel del mar y daños a los ecosistemas.

Aquí quizá el verdadero reto sea conciliar intereses frente a un riesgo compartido. Cada país tiene realidades, responsabilidades y capacidades diferentes, pero ninguno está aislado de sus consecuencias. El Ecuador presentó su segunda Contribución Determinada a Nivel Nacional para el período 2026-2035, con metas de reducción y adaptación que muestran cómo la acción climática, bajo el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas, también depende del apoyo internacional.

Por eso, la pregunta debería ser cuánto calentamiento adicional podemos evitar y qué podemos hacer, desde nuestra realidad, para reducir sus riesgos. El reto de París es convertir las metas en acciones, financiarlas y asegurar su implementación. En el 2026, ese desafío sigue vigente: hay avances en la presentación de nuevos compromisos, aunque persisten brechas y dificultades para ejecutarlos.

París no exige uniformidad. Invita a cooperar. En un escenario complejo, preservar el diálogo puede ser tan importante como las metas climáticas. El futuro no depende de que todos pensemos igual, sino de que encontremos razones para actuar en conjunto. (O)

Martín López

Martín López

Doctor en Jurisprudencia y Técnico en Administración de Empresas. Actualmente diplomático de carrera del Servicio Exterior.