Cuenca ha construido alrededor del agua una parte de su identidad colectiva. Por eso, cuando siente amenazadas sus fuentes hídricas, la defensa del agua deja de ser una discusión exclusivamente ambiental para convertirse en una disputa por el territorio, por la dignidad y por el derecho de una comunidad a decidir sobre su futuro. No se trata de una reacción coyuntural. La movilización alrededor del agua se ha convertido, con los años, en una expresión organizada de ciudadanía capaz de instalar temas, ejercer presión y obligar a los espacios de decisión a responder.
En Cuenca el agua es vida, pero también encuentro, memoria y lucha. La movilización de esta semana volvió a demostrarlo. La convocatoria fue ciudadana y la marcha respetó esa condición. Eso no quiere decir que no haya sido política. Lo fue precisamente porque miles de personas salieron a intervenir en una decisión pública que consideran trascendental. Pero ser política no significa ser partidista. En un momento electoral, la ciudadanía ha sido especialmente celosa de impedir que su reclamo sea utilizado como plataforma de candidatos o movimientos. Esa autonomía le otorga todavía mayor legitimidad: la causa está por encima de quienes pretendan representarla.
La movilización de este 16 también obliga a mirar el papel de las instituciones cuencanas. Resulta llamativa la tibieza con la que algunas de ellas han acompañado una preocupación tan extendida. Investigar, monitorear y producir evidencia es indispensable, pero la responsabilidad institucional no termina allí cuando el conocimiento obtenido advierte sobre riesgos que podrían comprometer el futuro de una comunidad. La neutralidad académica no significa indiferencia institucional. Hay momentos en los que informar no basta: también corresponde advertir con claridad, abrir el debate público y asumir posiciones sustentadas en la evidencia. La sociedad espera de sus instituciones algo más que observación cuando lo que está en discusión compromete su territorio y sus recursos.
El río volvió a crecer y con él permanece la advertencia para quienes ocupan hoy los espacios de decisión. Cuenca ha demostrado que frente al agua existe una sensibilidad colectiva que atraviesa generaciones, sectores sociales y posiciones políticas. Ignorarla sería desconocer una de las formas más claras en las que esta ciudad expresa su identidad. El agua ya no es solamente aquello que Cuenca protege. Es aquello alrededor de lo cual Cuenca ha aprendido a reconocerse, organizarse y hacerse respetar. (O)
@avilanieto






