Casi siempre pensamos que la ignorancia es tan sólo un vacío natural, una simple ausencia de conocimiento que puede llenarse fácilmente con educación; ignorándose, sin embargo, que esta ignorancia pueda también ser fabricada tramposamente, utilizando formas sutiles o disimuladas, como: simplificando problemas complejos, saturando a las personas con información falsa e irrelevante o reduciendo debates profundos a discusiones superficiales (en esto, los famosos “trolers” son expertos). El resultado, lo podemos comprobar a nuestro alrededor, es una ciudadanía que opina constantemente sobre política, economía, religión o desigualdad, pero que rara vez comprende las estructuras profundas que generan esos problemas. Este fenómeno social es tratado por una ciencia llamada AGNOTOLOGIA, que es el estudio de la ignorancia o la duda inducida de forma deliberada y cultural. Para vuestro conocimiento, el término fue acuñado por los historiadores Roberto Proctor e Ian Bolin en la década de 1990 para dar nombre a este fenómeno de manipulación social.
A diferencia de la ignorancia natural (la simple falta de conocimiento), la ignorancia “agnotológica” se enfoca en la ignorancia creada como una estrategia estructural y política. Su objetivo principal es confundir a la población para proteger intereses económicos, políticos o corporativos. Una de las manifestaciones más graves de esta «ignorancia producida» es nuestra tendencia a explicar los problemas como fallos individuales. Solemos hablar de personas «buenas o malas», «trabajadoras o vagas», de políticos “honestos o corruptos” etc., sin ver que muchas conductas son consecuencias de un ambiente que incentiva la competencia, la escasez y la acumulación. En un sistema donde el éxito se mide principalmente en dinero o poder, las personas simplemente se adaptan a esas reglas para sobrevivir, lo cual no significa necesariamente que sean más sabias o beneficiosas para la sociedad.
Lo más llamativo es que todos somos víctimas y, al mismo tiempo, mantenemos este sistema. Lo alimentamos cuando repetimos ideas que nunca hemos analizado profundamente o cuando discutimos sobre los síntomas de un problema mientras sus causas reales permanecen intactas.
El verdadero progreso humano, digo yo, no depende solo de la tecnología, sino de superar esta ignorancia cultural que nos impide entender el mundo con la profundidad necesaria para transformarlo. La invitación es a cambiar la perspectiva: ante cualquier noticia o evento social, no se pregunte solo qué está pasando, sino por qué las cosas pasan como pasan. Solo entendiendo los sistemas que moldean nuestro comportamiento podremos dejar de atacar las ramas y empezar a trabajar en la raíz de los problemas. (O)





