Educar antes que enseñar

Ha comenzado una nueva jornada estudiantil. Para unos, con la ilusión del reencuentro con los compañeros y con ese mundo escolar que, pese a sus dificultades, forma parte de los afectos y recuerdos de la vida. Para otros, quizá con cierta pereza, porque las vacaciones han permitido olvidar, aunque sea momentáneamente, las soporíferas clases de algunos profesores y los interminables deberes que, en ocasiones, parecen enviados más como castigo que como estímulo para aprender.

Pero más allá de estas circunstancias, quisiera detenerme en una cuestión que considero esencial: ¿para qué educamos?

La pregunta parece sencilla, pero encierra uno de los grandes problemas de la existencia humana. Educar no es simplemente transmitir conocimientos, llenar cuadernos, preparar exámenes o cumplir programas. Educar es, ante todo, ayudar a un ser humano a descubrir quién es, qué puede llegar a ser y cuál es su responsabilidad frente a los demás y frente al mundo que habita.

Por eso resulta necesario que los maestros vuelvan la mirada hacia aquellos educadores que comprendieron que aprender no puede ser una forma de sufrimiento. Entre ellos está don Simón Rodríguez, maestro del Libertador, cuya concepción de la enseñanza dejó también una profunda huella en nuestro país. Su pensamiento nos recuerda que la educación debe estar vinculada con la vida, con la experiencia y con la capacidad del hombre para pensar y actuar por sí mismo.

Lo peor que nos pudo ocurrir a quienes durante tantos años nos dedicamos a la docencia es que nuestros alumnos hayan llegado a sentir miedo frente al conocimiento, frente al profesor o frente al aula. Cuando el estudiante aprende por temor, quizá memorice; pero difícilmente comprenderá. Cuando aprende solamente para obtener una calificación, el conocimiento se convierte en mercancía. Y cuando estudia únicamente porque está obligado, la educación deja de ser descubrimiento para convertirse en obediencia.

La verdadera educación debería despertar una inquietud interior: el deseo de saber, de preguntar, de descubrir y de comprender. No se trata únicamente de llenar la mente de conocimientos, sino de encender en ella una llama que nos impulse a seguir aprendiendo durante toda la vida.

El maestro, entonces, no debería ser quien coloca respuestas definitivas en la mente del alumno, sino quien abre caminos para que este formule sus propias preguntas. Porque una inteligencia que aprende a preguntar ha dado ya un paso hacia la libertad.

El primer propósito de una jornada escolar debería ser despertar el interés por aprender. Ni permisividad que conduzca a la indiferencia ni autoritarismo que produzca miedo. ¡Hay que educar antes que enseñar!  (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.