A cinco años del inicio del proyecto, los logros son tan importantes como los desafíos actuales para concretar la idea original.
Después de estos meses de estiaje y esperanzado por las últimas lluvias que se han dado en nuestra región, comencé a buscar viveros que tengan plantas nativas que soporten sequías y que crezcan bien en terrenos áridos y sin riego, para que arraiguen con fuerza.
Así, esos árboles contribuirán con la regeneración de la tierra y con el fortalecimiento de los procesos naturales que favorecen la vida de insectos, reptiles, aves y otros animales que forman parte de ese entorno.
Los alisos que sembré en años anteriores, así como los cáñaros y los laureles, si bien aún están vigentes pese a la crudeza de la sequía, han sufrido y continúan en una etapa extrema de supervivencia. Están sobrellevando las inclemencias del estiaje y espero que las soporten.
Evocar esos tiempos con Manuel, en medio del verdor del vivero, me hizo pensar en cómo la persistencia humana va dando forma a los paisajes.
La especie que ha resistido mejor el clima de los últimos meses es la guaba andina, que ha mantenido su follaje y su verdor. Por supuesto, no soy un conocedor profundo de estos temas, pero sí aprendo cada vez un poco más sobre el mundo del campo, de las plantas y de los animales. Intento restaurar cuidadosamente los pequeños espacios que están a mi cargo, bajo el criterio de sembrar especies nativas para que, a través de ellas y por su influjo benéfico, el ecosistema andino de esa zona se fortalezca y aporte al sostenimiento de la vida en todas sus expresiones.
En esa búsqueda, investigué por mi cuenta y consulté con personas que conocen sobre el tema. Recibí información valiosa sobre viveros públicos provinciales y locales, así como espacios particulares de universidades y otras entidades que podían contar con árboles y plantas como el pumamaqui, el chachaco y otros para cumplir con mi afán de cuidar y regenerar esos entornos del campo azuayo.

También recibí la recomendación de visitar el vivero del Jardín Botánico de Cuenca y lo hice como primera opción. Me motivó, además, mi aprecio por esa zona de cuidado de la vida que como ciudadano tengo desde que la conocí por primera vez en el 2021; circunstancia que propició, como en esta ocasión, que escriba una columna de opinión que se publicó en El Universo de la ciudad de Guayaquil.
La especie que ha resistido mejor el clima de los últimos meses es la guaba andina, que ha mantenido su follaje y su verdor.
Cuando conversé con los expertos que trabajan todos los días con las plantas y con la tierra en el Jardín, tuve la inesperada y alegre ocasión de encontrarme con un antiguo compañero de trabajo en la Universidad del Azuay, cuando era dignamente dirigida por Mario Jaramillo Paredes y su equipo de colaboradores.
Manuel Loja, el jardinero, trabajaba en las áreas verdes de la institución en la cual también laboré por varias décadas.
Fue un encuentro entre colegas que potenció la evidencia de la tradicional y profesional buena atención de él y sus compañeros a quienes visitan ese magnífico entorno verde y húmedo, enclavado en uno de los rincones más bonitos de la ciudad, justo en el encuentro del Tarqui con el Yanuncay.

Origen y memoria del proyecto
Evocar esos tiempos con Manuel, en medio del verdor del semillero, me hizo pensar en cómo la persistencia humana va dando forma a los paisajes.
Y es que este espacio no nació de la nada; detrás de cada sendero hay una memoria compartida, un antiguo ideal de los ciudadanos de Cuenca y funcionarios de algunas instituciones locales que trabajaron conjuntamente para dar forma a ese anhelo de contar con un espacio en la urbe que sirva para la conservación, investigación y educación ambiental.
Especialmente de especies vegetales nativas del austro ecuatoriano. Esa aspiración de muchos, felizmente, se concretó en lo que hoy se denomina Jardín Botánico de Cuenca.
La actual utilización incorrecta de las orillas de los ríos del proyecto Jardín Botánico de Cuenca debe resolverse con urgencia a través del diálogo, el derecho y la visualización del bien común.
Las primeras conversaciones orientadas a la consecución de ese objetivo se dieron de manera sistemática a partir de los años noventa del siglo anterior. Participaron funcionarios de instancias municipales, académicos andinos y ciudadanos conocedores e interesados en la botánica y la preservación del ambiente comarcano.
En agosto de 2018 se iniciaron las obras en la zona conocida como “La Isla” y en febrero de 2021 se inauguró oficialmente el parque que abrió sus puertas al público. En su primera etapa, contó con 5 hectáreas en las cuales se conservan y estudian 8.000 ejemplares de plantas de 8 ecosistemas diferentes de la región austral.
La segunda fase del proyecto sumará aproximadamente de diez más desde el punto inicial hasta Los Tres Puentes.
La tercera y final incorporará una extensión similar, en esta ocasión hacia el sector de Gapal. El plan integral de este espacio, estructurado según las proyecciones de su diseño maestro, contará hipotéticamente con 24 hectáreas de áreas verdes a lo largo de las márgenes fluviales.
El Jardín Botánico hoy
Recientemente he visitado el parque en tres ocasiones; en cada una de ellas me he encontrado con personas de procedencia variada: de otras urbes del país y también extranjeros. Gran cantidad de gente lo aprecia y lo recorre caminando por sus pasarelas y senderos, los cuales llegan a un punto destinado a diferentes eventos.
Actualmente allí se encuentra la exposición denominada “La ruta del oso andino”, conformada por veinte esculturas de esos mamíferos emblemáticos. La intención de la muestra es tratar problemas medioambientales como la protección de los páramos, las quemas o incendios en los bosques y matorrales, la coexistencia de la naturaleza con el ser humano y la expansión urbana.
Creo que el Jardín Botánico es un entorno muy bonito con vegetación cuidada y riego permanente.
Está ubicado en un sitio privilegiado y las personas que allí laboran están comprometidas con su tarea, buscando siempre implementar mejoras a la realidad existente. Considero que la ciudadanía podría relacionarse más con esta iniciativa que rescata lo nuestro y que sirve como centro de investigación, educación y generación de propuestas sobre flora y medio ambiente.
El desafío del corredor ecológico

A cinco años del inicio del proyecto, los logros son tan importantes como los desafíos actuales para concretar la idea original.
Esta propuesta contempla una extensión de 24 hectáreas desde Los Tres Puentes al oeste hasta Gapal al este, integrando las márgenes del Tarqui, del Yanuncay y del cauce que se forma tras su confluencia hacia el oriente.
Es importante para la ciudad que el diseño inicial sea visualizado por la comunidad, para que la expectativa colectiva impulse las decisiones necesarias, respetando la planificación original.
El parque se consolidaría como un corredor ecológico masivo. Este entorno contaría con una red ampliada de caminerías, puentes peatonales elevados, nuevas instalaciones para procesos educativos, eventos de formación y laboratorios para investigación y producción científica.
La actual utilización incorrecta de las orillas de los ríos de la zona debe resolverse con urgencia a través del diálogo, el derecho y la visualización del bien común.












