La respuesta es personal. Adelanto la mía. El porvenir, aquello que se encuentra más allá de los límites de lo existente, no me incomoda hoy, como tampoco me incomodó ayer aquello que reposa en los casilleros del pasado.
Los milenios transcurridos fueron motivo de expectativas y cumplimientos; de grada en grada, hemos llegado al piso que en este siglo nos corresponde. La humanidad vive, y vivió siempre, pendiente del mañana. Esa incertidumbre por desconocer detalles de los días por llegar, no devino en malestar sino en una agradable curiosidad por conocer detalles. Este ha sido el comportamiento habitual de la humanidad. El invento de la rueda al igual que aquel de la electricidad creó sorpresas, sustos y luego … el disfrute por su descubrimiento.
La mente es un depósito de saberes, un tonel sin fondo que todo lo capta y transforma en propio saber; por esto es que todos los descubrimientos, a la corta o a la larga, terminan siendo un capítulo más de nuestro acerbo. Hoy, la comentada y temida IA, nos tiene ahítos de incertidumbres, mientras empezamos a saborearnos por tener cerca de nosotros la magia de algo nuevo, de una herramienta útil para desvanecer dudas y para navegar en el amplio océano del saber.
Un colofón necesario. Hasta que la IA siga siendo un instrumento útil para acercarse a la verdad, bienvenido sea. Cuando la IA pase a ser madre y fuente de la verdad, ese rato habremos retrocedido como humanidad.
Mientras no perdamos la capacidad de discernimiento; mientras nuestra mente no deje de analizar trabajos realizados mediante IA, es decir, mientras nosotros sigamos siendo dueños de nuestro criterio personal, nada tendremos que lamentar. La máquina jamás debe privarnos de la capacidad de discernimiento. La IA no sustituye a nuestra mente, la sirve. (O)




