La “Revolución Ciudadana” ha dejado una herida oscura y desoladora en la historia del país que ha dejado latentes cicatrices sociales, políticas e institucionales que hasta hoy padecemos.
La farsa que durante años se mostró como un acto de reivindicación popular, no fue más que un espectáculo vulgar diseñado para concentrar el poder, saquear las arcas fiscales y perseguir al mayor número de opositores dejando a su paso miles de ecuatorianos afectados.
Cada sabatina y discurso arrebatado formaban parte de un drama tragicómico donde el libreto demandaba la invención continua de enemigos públicos. Pero, detrás del show despreciable, las consecuencias para la gente común fueron arrasadoras. Entre los afectados se cuentan periodistas perseguidos, vigilados y censurados; líderes indígenas criminalizados y miles de servidores públicos despedidos y humillados por no abrazar las normas del partido único. El sistema judicial fue secuestrado y transformado en una palanca ejecutora de la venganza presidencial, aniquilando la seguridad jurídica.
Mientras el gobierno de Correa disfrutaba de la mayor bonanza petrolera de nuestra historia dilapidando el erario nacional, los recursos que debieron destinarse hacia la salud de los ecuatorianos, la educación y el empleo, se disolvieron en megaobras infestadas de sobreprecios, fallas graves de construcción y una corrupción galopante que tentó hasta las esferas más altas del poder. La versión oficial hablaba de dignidad y soberanía, pero la realidad mostraba instituciones debilitadas, una sociedad fracturada y polarizada y un país sobreendeudado. Quizá la herencia más difícil de restituir es el daño moral cometido contra nuestra nación.
Por todo esto y más, el repudio a Correa, a su círculo político y a sus candidatos no debe quedarse sólo en la queja entre conocidos o en la indignación en redes sociales. Debemos hacer uso y aprovechar la herramienta de la que nos ha dotado la democracia: una herramienta aplastante pero pacífica para saldar cuentas con la historia: el voto. Las urnas son la corte ciudadana donde el pueblo tiene la oportunidad de ratificar o rectificar su rumbo. El voto consciente tiene el poder de cerrar las puertas definitivamente a los cantos de sirena que prometen proyectos que obvian el bienestar colectivo y se someten a los caprichos e intereses judiciales del prófugo de Correa. (O)




