Los pasillos avivados por los uniformes verdes y grises me llevaron a encontrarme con mi amiga Carla en el cambio de hora. Con ánimo y cierta incredulidad, me contó cómo el profesor de literatura les había pedido leer poesía. Cada uno empezaba una línea y enseguida, descontento, los interrumpía. No hizo falta que me diga más, en ese instante un torrente sanguíneo me aceleró el corazón y recordando cómo mi madre me había cautivado en mi niñez con su voz al declamar Los Mendigos, de Eugenio Moreno Heredia, supe bien lo que debía hacer.
¿Quién quiere leer poesía? -preguntó seriamente el profesor. Dejé que participara uno que otro compañero para asegurar que mi proyección era correcta. Entonces, levanté mi mano, preguntó mi nombre y empecé. Con melodía y ritmo, leí esas líneas haciéndolas mías, con la sensibilidad de una voz de esperanza y también del dolor. ¡Eso es Estefani, eso es!, exclamó. Ese instante me concedió la representatividad artística en declamación para el resto de mi vida colegial. Involucraba valentía, pues pararse delante de todos, darle un toque de arte escénico, leer, memorizar, interpretar, conlleva su preparación y responsabilidad. Así como en la música los artistas colocamos corazón y cuerpo a seguir una armonía, así al declamar tomamos las letras de un poema para revestirlas del sentimiento y la voz que entregarán una melodía.
Ese detalle tan momentáneo de mi profesor, trascendió al tiempo y se transformó en un estado de vida. En un estado de felicidad y aprecio que sostiene mi día a día. Años después, resuenan las voces de poesía, se avivan las experiencias de la infancia y juventud, se manifiesta el arte acallado, y uno vuelve a donde fue feliz. Y aquí la principal reflexión: las generaciones venideras nos miran, y a su vez somos nosotros quienes ofrecemos las vivencias que marcarán su vida. Un maestro que puntualiza una virtud en su pupilo puede elevarle a una cima que nadie más previó. El tiempo que dedicamos en familia para ir más allá de simples conversaciones de actualización social y en su lugar provocamos experiencias reales que emplean los sentidos, brindará bases, valores, y enseñanzas que se guardarán en la memoria como un respaldo emocional ante cualquier eventualidad. ¡Qué alivio pronunciar “Sé dónde fui feliz”! (O)







