OPINIÓN| Seis de la mañana, la Ciudad está apenas despertándose. Se puede aún escuchar el trinar de los pájaros, no hay todavía bulla de carros, disfruto de las calles desoladas y de estos amaneceres fríos y lluviosos mientras atravieso el parque, con la certeza que la tienda de doña Lourdes ya estaría abierta. Me encuentro …


