Confieso que soy un fracaso en meditación. He intentado aplicaciones, tutoriales, respiraciones guiadas y velas aromáticas que prometían serenidad instantánea. Nada. Mi mente no se relaja; al contrario, aprovecha el silencio para recordarme todo lo que tengo pendiente.
Sin embargo, soy muy buena en soñar despierta, una auténtica PRO. Puedo construir conversaciones completas, resolver problemas o simplemente divagar sin rumbo. Tan concentrada voy en mi mundo imaginario que mis amigos y familiares saben que cuando manejo no saludo a nadie.
Durante años asumí que eso era un defecto, falta de concentración o despiste. La neurociencia, sin embargo, me absuelve.
Mary Helen Immordino-Yang, lleva años estudiando lo que los neurocientíficos llaman la “red neuronal por defecto” que se refiere al modo en el que opera el cerebro cuando no está concentrado en una tarea específica. Lejos de ser un estado de improductividad o distracción, es precisamente cuando el cerebro procesa experiencias, consolida aprendizajes, regula emociones y genera conexiones creativas que en otro estado serían imposibles y que la concentración forzada no puede producir.
Resulta que no hay por qué sentirnos culpables de mirar por la ventana, de perder el hilo, de hacer una micro siesta, o de llegar a casa sin recordar el camino tomado porque íbamos pensando en otra cosa.
Se dice que Steve Jobs tuvo sus mejores ideas mientras lavaba los platos. Einstein daba largas caminatas sin destino. Darwin tenía un sendero en su jardín al que llamaba “el camino del pensamiento” y lo recorría todos los días. Todos, a su manera, cultivaban deliberadamente el arte de no hacer nada útil para poder hacer algo importante.
Yo llevo varias décadas lavando platos… la de ideas que tengo acumuladas. (O)
@ceciliaugalde




