Qué pasaría si tarde o temprano diario El Mercurio lo dejarán de imprimir. Que su rotativa se pare y quede como pieza de museo.
Algunos dirán: no pasa nada. Varios se alegrarían. Otros se lamentarían. Unos cuantos lo extrañarían.
Los más, dirían como lo dirían sus directivos: fin del diario impreso, pero seguirá en formato digital.
Claro que, más tarde que nunca, los impresos serán solo digitales. Esto es irreversible. Lo presagia la vorágine tecnológica.
No se qué sintieron los quiteños cuando se pararon para siempre las rotativas de los diarios HOY y El Comercio. O los guayaquileños luego de que el 9 de octubre de 2026 la de diario Expreso corriera esa misma suerte.
Los diarios impresos, también uno que otro digital, no desaparecen por casualidad. Son los gobiernos autoritarios, no importa su ideología, los que ven en la prensa independiente, crítica, investigativa, pluralista, a su enemiga. La asfixian, le lanzan encima la cruz del Estado, meten miedo a los anunciantes. Doblegan a los débiles, y sus “Torquemadas” compran otros para convertirles en sus cuartillas de apuntes.
Los diarios impresos son parte de la identidad e historia de las ciudades donde surgieron y se expandieron hace 40, 50, 75, 80, 100, 102, 120 años, o más.
Que anticipen el día en el cual circulará el último periódico impreso, achichara el corazón, nubla la mente, algo así como si de pronto un espejo se negara a reflejar el rostro de quien quiere mirarse.
Comprarlo, abrir sus páginas, ver fotos, infografías; leer sus editoriales, artículos, análisis, concordar con sus autores o despotricar contra ellos, “saborear” los buenos reportajes, las buenas crónicas, las excelentes historias, las entrevistas, no tiene comparación. Son vida viviente, no algorítmica.
Quienes hemos laborado en un diario impreso, sabemos cuánto trabajo cuesta hacerlo. No importa si al día siguiente esté en una tercena, volando en la calle, o roto en público por algún dictadorzuelo porque su contenido le pringa ojos y manos con agua hirviendo.
Con su desaparición física muchos se quedan sin trabajo. Desaparecen los “canillitas”. Languidecen las hemerotecas. Una ciudad, un país, se queda sin el registro vivo de los hechos.
¿Diarios solo digitales? Es lo que se viene. Ya están. Pero no es lo mismo, peor si son “leídos” entre tanto “contenido” existente en la selva tecnológica. Aquí todo dura lo que dura un pestañeo.
Larga vida impresa para diario El Mercurio, que este 22 de octubre cumple 102 de fundación y de diaria circulación.
Mantenerlo vivo en el papel es tarea de Quijotes. Hay que resistir hasta el último aliento. (O)




