Hubo varias incoherencias en el acto de terror del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, hace 25 años. En videos no oficiales se ven chispazos (explosiones) en pisos más abajo del impacto de los aviones e inmediatamente el desplome de los edificios. Expertos en construcciones civiles dicen que un choque así no pudo originar un desplome tan rápido de una construcción y peritos en demoliciones estructurales dicen que esas “llamitas” –desde lejos, pero que de cerca si serían considerables– que aparecen son producto de explosiones controladas desde pisos abajo de las WTC.
Testigos estatales cuentan que fueron llevados, semanas antes, a una de las Torres Gemelas a fotografiar cómo transportistas sacaban toneladas de documentos de cajas fuertes con destino incierto. Papeles secretos que habían estado muchos años allí. Esas personas, después, fueron acosadas y perseguidas. Esposas que se suicidaron en condiciones crueles e inapropiadas, casas asaltadas pese a alarmas de última generación ni el exilio ni iniciar una vida nueva fueron impedimentos para tener calma del hostigamiento gubernamental estadounidense.
Igual pasó con el incidente del cuarto avión y con el del Pentágono, la sede del poder militar norteamericano. Ni la más mínima huella de lo que el oficialismo llamó choque con la estructura. Según ellos nada quedó; ni un poco del fuselaje del que fue un inmenso avión: asientos, ventanales, no se rescató un solo hueso de algún pasajero. Nada. Como si todo se hubiera evaporado. Un agujero pequeño (en comparación con el enorme orificio que habría dejado un aparato de las dimensiones de un avión comercial) era la única evidencia. Años después exhibieron un motor entre los restos de la edificación calcinada, pero eso podría ser montaje. El pueblo estadounidense nada dijo ni pidió explicaciones. Un auténtico silencio estatal.
Por tanto sí hubo un plan para imponer terror en ese país aquel día y el único con capacidad logística y económica no podía ser otro más que el Gobierno. (O)



