El viaje de la pepa de oro

Fotografía: Luis Sagal. Finca de Efrén González, Zhucay, Cañar.

Recuerdo cuando era niña y visité por primera vez Cobán, en Alta Verapaz, al norte de Guatemala. Allí vi cómo preparan el cacao: tuestan sus granos, los quebrantan en piedra de moler y hacen una bebida especial que sirven en jícaras, unos recipientes en forma de guacal elaborados con la cáscara seca del fruto del morro, algunas pintadas de vivos colores.

Pero hubo algo que se quedó conmigo mucho más tiempo que aquel sabor. Cuenta una creencia popular Maya-Q’eqchi’ que quien bebe cacao en Cobán jamás se olvida de aquellas tierras. Y si es extranjero, tampoco se olvida de Guatemala. Han pasado los años y, al menos en mi caso, la creencia parece tener razón.

Ahora me pregunto cómo pudo una semilla tan pequeña dar semejante vuelta al mundo. ¿Quién la llevó primero por los caminos de América? ¿En qué manos cruzó ríos y montañas hasta llegar a Mesoamérica, donde los mayas la incorporaron a sus ceremonias y utilizaron sus granos incluso como moneda?

Las huellas más antiguas conocidas de su aprovechamiento nos conducen a la Amazonía ecuatoriana, donde se han encontrado vestigios de hace unos 5.300 años. No conocemos cada tramo de su viaje hacia el norte, pero es fácil imaginar semillas y sabores pasando de pueblo en pueblo, mucho antes de que existieran las fronteras que hoy conocemos.

Después vino otro viaje, esta vez a través del Atlántico. Los europeos llevaron el cacao fuera de América; con el tiempo llegó también a África, donde encontró tierras propicias para crecer. Hoy Costa de Marfil es una potencia mundial en la exportación de cacao en grano. En Suiza, entretanto, aquel fruto americano se convirtió en protagonista de chocolates célebres.

Hay una curiosidad que siempre me ha parecido hermosa. En 1753, el naturalista sueco Carlos Linneo llamó al árbol Theobroma cacao. Theobroma significa «alimento de los dioses» en griego. Mucho antes de que recibiera ese nombre científico, el cacao ya tenía un lugar sagrado en la vida ceremonial de los pueblos mesoamericanos, que lo servían en ceremonias de reyes y nobles.

Y es que no solo se bebe o se come. De sus semillas se obtiene manteca de cacao, utilizada también en productos para el cuidado de la piel. A sus componentes se les atribuyen distintos efectos sobre el bienestar y el ánimo, aunque no todas esas propiedades tienen la misma evidencia científica. Parece increíble cuántas historias caben dentro de un solo fruto.

Hoy, en Ecuador, me encuentro más cerca de las raíces de aquel cacao que saboreé de niña en Guatemala, quizá sintiéndome por un instante como una reina o una diosa. Del chocolate caliente que mi abuelita me servía junto a un tamal, y de aquel exquisito chocolate que años después tuve la oportunidad de probar mientras contemplaba los Alpes suizos.

Son sabores de distintas épocas y lugares que, sin embargo, nacen de una misma semilla. Y ahora, frente a los frutos coloridos de un árbol de cacao en Ecuador, vuelvo a encontrarme con ella. Aquí la llaman «la pepa de oro», por la riqueza que representa para tantas familias y para el país.

Hoy, tantos siglos después, me basta saborear un buen chocolate para comprender por qué sigue conquistándonos. Ya sea una taza humeante, una sencilla golosina o un postre de alta cocina, poco importa si su preparación es artesanal o sofisticada. El chocolate siempre encuentra la manera de regalarnos un momento de alegría.

Y de la bebida de los dioses a la pepa de oro, el cacao ha recorrido el mundo sin perder sus raíces americanas.

Y también me ha conquistado a mí, en todas las edades.

Lcd. Claudia Sagal

Lcd. Claudia Sagal

Periodista de investigación internacional, novelista bilingüe (español–inglés) y conferencista. Ganadora de un premio Emmy y tres reconocimientos UNICEF por su labor en televisión. Ha cubierto historias en América, Europa y Medio Oriente. Actualmente reside en Cuenca y escribe sobre cultura, historia e identidad en diálogo con el mundo.