No hay neutralidad en los procesos sociales. Los derroteros humanos responden a criterios sobre el presente, referencias al pasado y proyecciones al futuro. Estos puntos obedecen a intereses distintos que representan perspectivas de vida contrapuestas. Por un lado, el progreso industrial y tecnológico ha servido como referente exclusivo. Por otro lado, está el cuidado del pasado y la preservación del patrimonio. También existe la explotación de recursos para sostener el modelo o la defensa de la naturaleza. Son opciones en juego dentro de las sociedades organizadas. Estas regulan su convivencia mediante varios sistemas de normas. Entre ellas sobresalen las jurídicas. Estas coronan la construcción cultural de una época y cargan con características de obligatoriedad general. Además, implican la amenaza de una sanción si se irrespetan.
Las letras, el arte y las humanidades abordan estos temas y los dilemas de las posiciones sociales. La lucha ciudadana para defender sus ideas y alcanzar el objetivo de que las recojan los sistemas normativos —el derecho en especial— recurre a veces a acciones de hecho legítimas. Sin embargo, también adopta expresiones artísticas para presentar la realidad humana, individual y grupal, desde esas perspectivas.
El arte y la formación humanista
La fuerza de la literatura, el cine y otras manifestaciones artísticas para analizar, describir y criticar las circunstancias son vías poderosas de comprensión. La poesía de Jorge Carrera Andrade, por ejemplo, o la de otros grandes poetas ecuatorianos que abordan la condición humana, ofrece una aproximación profunda a realidades que deberían inspirar los modos de convivencia en las sociedades. En un ensayo de 1967, escribe: «Mi cosmovisión, aunque reducida, es fruto de mi amor planetario y de mi presentimiento de la unidad universal». El poeta dice lo que las declaraciones jurídicas que integran las cartas de convivencia que suscriben los Estados del mundo también expresan.
Para que esto pase de manera natural, se requiere que los tomadores de decisiones tengan una formación humanista que les permita conectar la política con las grandes aspiraciones de la civilización. Lamentablemente, el poder gubernativo está muy lejos de esa realidad. Por el contrario, cada vez se conocen menos las manifestaciones de un humanismo que busca la sostenibilidad y, al mismo tiempo, nuestra sociedad se precipita a lo intrascendente y banal. Se observa esto con la clara complacencia de un mercado que necesita compradores y no pensadores.
Cada vez se conocen menos las manifestaciones de un humanismo que busca la sostenibilidad y, al mismo tiempo, nuestra sociedad se precipita a lo intrascendente y banal, con la clara complacencia de un mercado que necesita compradores y no pensadores.
El espejo cinematográfico de la devastación
Para confrontar esa lógica mercantil, se hace imperativo rescatar la gran producción cultural de la humanidad. Es allí donde es preciso acceder a la producción de calidad. Por tal motivo recurro a la galardonada Qué verde era mi valle —célebre por haber obtenido el Óscar a la mejor película de 1941 superando a la gran favorita de la época, Ciudadano Kane de Orson Welles—. Desde su mensaje —que también es el nuestro—, anuncio la cruenta realidad de devastación que vivimos en la ciudad. Esta prioriza el cemento inerte y gris a lo que crece y vive como las plantas y los animales.
La película Qué verde era mi valle presenta el dolor y la impotencia de una comunidad minera en Gales a finales del siglo XIX. Describe magistralmente el sufrimiento y la decadencia de los habitantes de un entorno natural hermoso que fue destruido por el carbón y su explotación industrial. La literatura y el cine denuncian la industrialización y reivindican el derecho de la gente a una naturaleza cuidada y preservada directamente vinculado con su bienestar y sus aspiraciones. Sin embargo, esto se contradice en la práctica por el capital arrasador y destructivo. Esta obra clásica, dirigida por John Ford, demostró cómo el arte puede superar a los relatos hegemónicos de su tiempo. Se convirtió en un testimonio imperecedero de denuncia.
El eco de la destrucción local
A través de obras como esta, el cine, desde la multiplicidad de sus recursos: imagen, música, guion, actuación y escenografía, conecta directamente a la gente con diferentes situaciones. Qué verde era mi valle permite que los lugareños de esta comarca, la azuaya y la ecuatoriana, nos identifiquemos con el sentimiento de los galeses que lloraron por la destrucción sufrida y expresada cinematográficamente.
Nosotros también lloramos por la destrucción de El Ejido, de Cuenca y ahora de Uzhupud. No solo tenemos derecho a hacerlo, sino que, además del grito desgarrado por el avance del cemento sobre la verde naturaleza, estamos en la obligación como ciudadanos de alzar la voz frente a las construcciones que se levantan a diestra y siniestra en la ciudad. Es imperativo decir basta a tanta manipulación y abuso de una sociedad que ha perdido el rumbo. Esta ha abandonado a los intereses del mercado aquello que nuestros antepasados levantaron con tanto esfuerzo e inteligencia.
La película Qué verde era mi valle presenta el dolor y la impotencia de una comunidad minera en Gales a finales del siglo XIX. Describe magistralmente el sufrimiento y la decadencia de los habitantes de un entorno natural hermoso que fue destruido por el carbón y su explotación.
Una herencia global de resistencia
El lamento no es solo nuestro. Cuando alzamos la voz, nos sumamos a una herencia universal de resistencia. En las letras, el drama de la pérdida de la naturaleza y la explotación de la Tierra posee antecedentes demoledores, como el realismo descarnado de Subterra del chileno Baldomero Lillo y Germinal o la asfixia minera narrada por Émile Zola. El cine ha tomado la posta, utilizando tanto el drama histórico como la ciencia ficción contemporánea para advertirnos sobre el colapso ecológico. Además, delata un modelo mercantil que termina por devorar su propia casa.
A esta línea de impugnación se integra el legado de Orson Welles. Su dirección y actuación en El Proceso, basada en la obra de Kafka, marcó un hito en mi propia experiencia. Fue una producción cuya lucidez utilicé regularmente en mi ejercicio docente en los cursos de Introducción al Derecho. Hoy, ese mismo laberinto institucional y alienante es el que valida la agresión sistemática de los procesos inmobiliarios y extractivistas. Somete los ecosistemas al rendimiento financiero.
El examen de estas creaciones artísticas nos depara una certeza ética compartida. El dolor frente al despojo de la Tierra es el mismo en Gales que en las comarcas de Cuenca y Uzhupud. En nuestro entorno local, la proliferación descontrolada de grandes edificios no solo desfigura el paisaje urbano, sino que elimina el verdor, deteriorando la buena vida de la gente y de la propia naturaleza. La cultura universal de resistencia deja de ser un refugio estético. Por el contrario, se transforma en antesala de la acción colectiva.
Aquí el derecho debe abandonar su neutralidad formal y convertirse en trinchera. El ordenamiento legal se vuelve cómplice e inútil si solo se dedica a aceptar la regularidad del despojo. Por ello, la verdadera justicia radica hoy en activar el derecho inalienable a la indignación y a la movilización ciudadana. Oponerse a la devastación territorial constituye un imperativo ético. Levantar la voz e impedir que este modelo depredador se consolide representa la única vía real para arrebatarle el porvenir al mercado. (O)
Nosotros también lloramos por la destrucción de El Ejido, de Cuenca y ahora de Uzhupud. No solo tenemos derecho a hacerlo, sino que, además del grito desgarrado por el avance del cemento sobre la verde naturaleza, estamos en la obligación como ciudadanos de alzar la voz frente a las construcciones que se levantan a diestra y siniestra in la ciudad.
Más noticias



