
Mi homenaje en su día para todos los niños ecuatorianos, en especial para esos niños desvalidos, desprotegidos, explotados física y psicológicamente; muchas veces abusados sexualmente por pederastas ególatras depravados. Infantes que tienen que ganarse la vida trabajando, para conseguir algún mendrugo que aplaque su hambre, o algún harapo que mitigue su frío. Para todas esas criaturas que nacieron sin techo, protección ni abrigo; que hacen de la calle su hogar, su templo y su evangelio; que no tuvieron ayer, que en forma inaudita se sacrifican hoy, y no tienen ninguna ilusión en el mañana. Que salieron al mundo con el estigma de no ser nadie en la vida; seres de ojos profundos y meditabundos, de pupilas hurañas; niños desnutridos, de huesos al desnudo, verdaderos arquetipos de calaveras al viento; que no alcanzan a comprender las injusticias y las inequidades de los seres humanos. Tienen sus pies curtidos por caminar entre piedras, lodo y basurales; sus manos agrietadas por cumplir tareas encargadas por nuestra infamante sociedad. Con su carita pintada desafían el frío, el sol, la lluvia; sus maromas, el sudor y sus lágrimas no inmutan al apresurado transeúnte, que pasa raudo y frenético, sin reparar en sus suplicas y ruegos; su tierna mente no tiene la capacidad de diferenciar entre tiempo y espacio, peor entre el principio y el final de su insólita existencia. Como todos los días, la misma rutina, al filo de la noche recorren el velo de su disfraz, y con los primeros rayos de la luna que les mira compasiva, inhalan un poco de solución para aplacar su apetito, y mitigar sus penas; se cobijan bajo la sombra que proyectan los puentes, y con el arrullo del sonido del río tratan de dormir, para soñar en que quizá cambie su mañana. Esperemos que con el nuevo gobierno sí cambie su futuro; que se terminen las mentiras, engaños y falacias de otros gobiernos, para que empiecen a respirar un aire de esperanza. (O)