
La XXIX Cumbre Iberoamericana de Jefas y Jefes de Estado y de Gobierno es más que una reunión diplomática; es un espejo en el que una región tan diversa como la nuestra se observa, se confronta y, ojalá, se reconoce. Bajo el lema “Innovación, Inclusión y Sostenibilidad”, esta cumbre reúne a líderes de países con historias, culturas y desafíos profundamente diferentes, pero que comparten algo esencial: un pasado común y un futuro que no puede construirse de manera aislada.
Más allá de los discursos y los acuerdos que probablemente no cambien la vida inmediata de los ciudadanos, la cumbre es un recordatorio de que Iberoamérica es un espacio de unidad en la diversidad, un lugar donde las diferencias son un recurso, no una barrera.
Cuenca como sede no solo representa el esfuerzo por preservar un rico patrimonio histórico, sino también la capacidad de adaptarse a los tiempos modernos. Richard Florida, en su obra The Rise of the Creative Class, argumenta que las ciudades intermedias son con frecuencia los laboratorios perfectos para la creatividad y la inclusión, ya que combinan tradición con apertura al cambio, dos ingredientes esenciales para el desarrollo sostenible.
Las cumbres enfrentan el desafío de no quedarse en lo simbólico. El lema de esta cumbre nos invita a algo más que a reflexionar; nos impulsa a actuar. Innovar no solo en tecnología, sino en formas de entendernos. Incluir no solo en el papel, sino en las políticas que tocan la vida cotidiana. Y ser sostenibles no como moda, sino como compromiso con quienes vendrán después. Al final, la cumbre no es solo un evento para líderes; es un espejo en el que podemos mirarnos como región y preguntarnos qué tan lejos estamos de ser un ejemplo de verdadera unidad en la diversidad. (O)