Están donde menos se creería que lo están. Actúan de frente y en las sombras. No necesitan ser doce. Pueden ser uno o formar manadas.
No requieren engañar ni entregar a un Maestro a cambio de 30 monedas. No, ¡qué va!
Se camuflan, por ejemplo, en la política. En este pantano forman verdaderas mafias, denominándolas partidos, movimientos, organizaciones. Se entrometen en cualquier intersticio para traicionar, para medrar, para fabricar componendas, para llevarse en peso a la patria.
No necesitan dar el beso de la traición; peor decir Maestro a nadie; o que este les diga; “con un beso me habéis traicionado”.
Se los ve, barbudos unos, lampiños otros, nunca con túnica, sí con ternos, con ponchos, con wiphalas, con guayaberas; pelirrojas unas, anoréxicas otras; con ceso o poco ceso; serviles y rastreros.
Contrario al bíblico Judas Iscariote, los modernos no tienen ni Dios ni ley; ni Jesús, ni otro profeta. Ellos sólo siguen a su dios dinero, a su dios poder, a su dios del indecoro, a su dios de la desvergüenza, a su dios que guía y perdona a narcos, a su dios que cuida de prófugos y delincuentes, a su dios que pisotea leyes y constituciones, a su dios que confiesa a saqueadores, pelafustanes, misóginos, y féminas que traicionan a otras féminas, portando incluso velos de las dictaduras.
Les gusta estar en la justicia, aunque sea de amanuenses, pero si es con toga, mejor. En los gobiernos, disfrazados de todo: de cuñados, de gran hermano, de amigos a prueba de todo, acaso de ministros o gerentes de empresas, ni se diga de testaferros, asesores y tinterillos.
Están, y lo están porque se los ve, en esos centros donde, dizque se cuentan los votos; en aquellos parajes donde, dizque se interpretan leyes y constituciones; ni se diga en ese pozo séptico donde, dizque se hacen y se reforman leyes, acaso su lugar predilecto para multiplicarse como peces y panes, no por milagro, sí por la acción luciferina de la corrupción.
El gran traicionado por los modernos Judas Iscariote es el país, y con él y en él, miles de miles de gentes que ven cómo el paraíso, el falso paraíso, se despedaza.
Esos Judas no necesitan que nadie ose decirlos: uno de sus ustedes me traicionarán; peor responder: ¿seré yo?; ¿acaso yo?
Ya no se venden por 30 monedas. Lo hacen por millones de dólares, suficiente para comprar paraísos, desde donde continúan conspirando, mientras Jesús (el pueblo) sigue agonizando.
Es más, contrario al bíblico Iscariote, los modernos no se arrepienten; tampoco se suicidan. (O)