A las puertas del balotaje y del debate entre los dos presidenciables finalistas abundan las ofertas electorales.
Sus respectivos planes de trabajo presentados, por así disponerlo el Código de la Democracia, ante el Consejo Nacional Electoral, reposan en sus archivos, desempolvados de vez en cuando por algunos medios de comunicación.
Empero, en el ejercicio del poder, el ganador responde por su plan, no tanto por cuanto propone en la tarima mediática, en foros, encuentros, o al final de las caravanas.
Esos planes están llenos de generalidades, de buenas intenciones; obvian el cómo cumplirlos. En casi nada coinciden con las ofertas lanzadas en estos días, sobre todo, cuando la realidad del país no da como para aceptarlas sin beneficio de inventario.
Bien harían los ecuatorianos en comedirse para hacer comparaciones, para informarse correctamente sobre cómo está el país, cómo lo recibirá el próximo presidente; cuál es, en el fondo, la real intención de los dos finalistas para hacerse del poder, cómo lo ejercerán, con quienes; y en apenas un año ocho meses.
A juzgar por sus declaraciones, la crisis económica (déficit fiscal, millonarias deudas por pagar, la situación financiera del IESS, el aumento del gasto público, la merma de ingresos, etc.) no será un óbice en su gestión, como no lo será la inseguridad, pues la toman como si fuera una simple guerra entre pandillas; o si la falta de trabajo se resolviera con sólo hablar de la necesidad de invertir.
¿O tienen un pobre diagnóstico del país; o cuentan con la “varita mágica” para resolver los gravísimos problemas? ¿O aspiran a farrearse la reserva internacional? ¿O simplemente quieren ganar la presidencia para luego ver cómo proceder?
Ojalá el debate permita esclarecer esas y otras dudas y peroratas.
Un elector bien informado, con capacidad para discernir y evitarse luego la frustración, le inducirá a votar con conciencia, aun si su disyuntiva es hacerlo por el menos malo.