
La vida es como un océano caprichoso que nos lanza olas inesperadas el momento menos pensado. El mundo que nos rodea es un tapiz de acontecimientos impredecibles, que no siempre podemos anticipar como ocurre si decidimos bañarnos en Chipipe o en Mar Bravo. Aunque no tengamos control sobre las mareas, sí poseemos el increíble poder de moldear nuestras reacciones y actitudes ante lo imprevisible.
En el gran teatro de la vida, el guión cambia constantemente y nosotros somos meros actores que improvisamos nuestras líneas. Pensemos en Viktor Frankl, el famoso psiquiatra que sobrevivió a los horrores del Holocausto. En los rincones más oscuros de la experiencia humana, Frankl descubrió lo único que los captores no podían quitarle: su capacidad de elegir su respuesta. Es una comprensión profunda que resuena a través del tiempo y nos desafía a encontrar nuestra propia resistencia en medio del caos.
Adoptar una mentalidad proactiva implica reconocer que, aunque no siempre podemos controlar las circunstancias externas, tenemos el pincel para pintar el lienzo de nuestras propias emociones. Cuando la vida nos arroja limones, podemos amargarnos o hacer limonada, aunque mi inclinación personal sería buscar el mejor tequila.
Así pues, adoptar la filosofía de que somos los artífices de nuestras reacciones nos permite relacionarnos con el mundo de forma constructiva, incluso cuando sus giros nos encuentran desprevenidos. En este viaje impredecible aprendamos a bailar sobre las olas, haciendo de cada paso un testimonio de nuestra capacidad para dar forma a nuestra propia historia. La vida puede ser un mar embravecido, pero nuestras reacciones pueden ser la brújula que nos guíe hacia las aguas más tranquilas de una vida equilibrada.
@ceciliaugalde