¿Mera coincidencia?

Publicidad

Bridget Gibbs Andrade

CON SABOR A MORALEJA

El 21 de enero de este año visité al entonces gerente de la EMAC para presentar un reclamo verbal a título personal. El descuido en el que se encontraba, y se encuentra aún, el parque Tarqui-Guzho -uno de los más extensos de la ciudad- motivó mi visita.

Soy una fiel convencida de que debemos cuidar los lugares que frecuentamos. Más aún si están en medio de la naturaleza viva y generosa.

De las pocas mesas y sillas de madera que había a pocos metros de las canchas sintéticas, las que se dañaron cuando el río se desbordó sin clemencia, sólo queda una. Nunca fueron sustituidas, ni reparadas. Ni en la gerencia de la Ing. Ordoñez, ni en la del Sr. Palacio.

publicidad

Con respecto al puente más grande, el que sufrió aquel latigazo cruel, sigue inclinado y rechinando como carro viejo. El Sr. Palacio explicó que para que la compañía de seguros arreglara los daños, había que esperar algunos meses.

Ya son ocho, y se fue sin hacer nada. Tanto los bebederos del parque como los niños que corren sedientos, mueren de sed. No funcionan. Ni uno solo.

Pese a que existen letreros advirtiendo que los juegos infantiles son sólo para niños, hay adultos que hacen caso omiso. Sólo hay dos guardias en este extenso lugar. Es imposible que controlen todo lo que pasa en él.

La recolección de basura deja mucho que desear. Mascarillas, platos, vasos y fundas plásticas boquean en las camineras. Igual que en las raíces de los árboles.

Se debería reemplazar los letreros de “Ruta de Evacuación” que no tienen ningún sentido, por otros de “No arroje basura”, “Ponga la basura en su lugar”, o algo similar. Sean creativos señores de la EMAC. No es tan difícil.

Eduquen a los ciudadanos para que cuiden los parques y les ayuden a mantenerlos limpios.

Es innegable que el estado de este y otros parques, así como la inseguridad ciudadana, la burocracia innata en los trámites municipales y la propaganda invasiva del alcalde con “obras de su propia iniciativa”, reflejan la mediocridad de esta administración.

Por otro lado, varias calles de Cuenca lucen un mosaico de “sepulcros blanqueados”. Parches, remiendos y zurcidos de última hora. Obras apresuradas de precampaña, les llaman.

Viendo estos rectángulos blanquecinos recordé una de las acepciones de un sepulcro blanqueado: cuando una persona se muestra de una manera, y en realidad, es otra. ¿Mera coincidencia? (O)