
La Navidad parte de un hecho universal: el nacimiento de Cristo portador de un mensaje universal de paz y amor; se caracteriza por un sentimiento de solidaridad y pausas en rivalidades y hechos que pueden ocasionar agresividad. Pero la manera concreta de las celebraciones varía de acuerdo con la identidad de cada región. En nuestra ciudad los pases del niño son fundamentales en su tradición, sobre todo el del “niño viajero” que se lleva a cabo el 24 de diciembre y se caracteriza por la participación masiva de personas y grupos que suele superar las seis horas en los últimos años y que es observado por muchísima gente, incluyendo turistas, algunos de los cuales vienen solo con este propósito.
El año anterior y el actual han variado, debido a la pandemia que ha llevado a la supresión los pases menores que desde días antes llenan nuestras calles de música navideña y devotos que portan imágenes del niño Dios, para fastidio de algunos por la obstaculización del tránsito vehicular. La mañana y buena parte de la tarde del 24 la ciudad se inunda de alegría pacífica por el evento masivo. Pasadas ya las celebraciones, podemos captar un vacío por la ausencia de estos eventos a los que estábamos habituados por decenios, dejando en los organizadores y participantes un vacío anímico.
Desde luego, las expresiones externas de la temporada de Navidad se han mantenido como lo demuestra el bullicio de las calles y de personas que, con cierta prisa, recurren almacenes mayores y menores buscando regalos, al igual que cenas y reuniones similares privadas en hogares y oficinas. No exageramos en hablar de navidades distintas por las mentadas ausencias que de ninguna manera afecta el espíritu de pacífica alegría de la ciudad que, peses a las restricciones decretadas, mantiene la movilización y las reuniones extra familiares que se han arraigado. Demás está decir que estas supresiones, ni de lejos afectan los sentimientos de pacífica alegría que temporalmente se universalizan. (O)