La condición humana me asusta. Creo que ni las víboras, en su estado natural, resultan tan peligrosas como el ser racional. La noticia que estremeció al mundo en 2026 fue la captura de Nicolás Maduro, un hecho que evidenció la capacidad de inteligencia de los Estados Unidos, pero también la fragilidad interna de Venezuela, de su liderazgo y, sobre todo, de su círculo de confianza. Más allá del debate político —que no es el objetivo de este artículo— el episodio deja una lección más profunda y universal.
En todos los contextos, épocas y geografías, tanto en lo local como en lo internacional, siempre aparece un Judas. Alguien capaz de vender incluso a su propia madre por unas cuantas monedas. Ocurrió en los tiempos de Cristo y sigue ocurriendo hoy; los Judas no desaparecen, mutan.
Solo así se explica cómo se logra penetrar el núcleo de un partido, de un gobierno o de una patria. La traición nace de la debilidad moral, de la falta de valores y del vacío sentido de pertenencia de quienes muerden la mano de quien alguna vez fue su líder.
Por eso cobran vigencia los refranes de los abuelos, aquellos que advertían: “solo en la parada se los conoce”. La boca puede pronunciar maravillas, pero lo que habita en el corazón suele ser distinto: envidia, interés personal y un afán destructivo que no duda en pisotear banderas, soberanía e identidad.
En definitiva, conviene estar alertas. Muchas veces los verdaderos enemigos no están lejos, sino muy cerca. Se disfrazan de aduladores, cuando en realidad su razón de existencia es cortar cabezas para ocupar puestos que, quizá, siempre les quedarán demasiado grandes.
La historia reciente confirma que ninguna estructura es invulnerable cuando la ética se negocia y la lealtad tiene precio. (O)








