Enero es ese mes extraño en el que creemos que la vida se puede reiniciar con una lista. Nuevos hábitos, nuevos objetivos, el famoso “vision board”, una versión mejorada de nosotros mismos, una ambiciosa lista de propósitos que con suerte siguen vigentes en carnaval y seguro se han olvidado para semana santa.
En medio de esta fiebre anual, recordé una idea de Sahil Bloom, en la que sugería que volvamos a hacer bien lo básico. Sí, en medio de la obsesión con la automatización, la inteligencia artificial y la eficiencia, hay gestos humanos que parecen cada vez más raros. Cosas como ver a las personas a los ojos, cumplir lo que prometemos, llegar a tiempo, ser amables y hacer lo correcto aun cuando nadie nos ve. Cosas tan simples que, paradójicamente, se han vuelto diferenciadoras.
No cuesta nada sostener una puerta, escuchar al otro sin mirar el teléfono o evitar el chisme fácil, pero hacerlo de forma consistente, eso ya es pedir demasiado. Hay algo irónico en todo esto: a pesar de todos los avances tecnológicos, cumplir la palabra dada comienza a parecer una habilidad avanzada. Mantener una postura digna, saludar con atención o respetar el tiempo ajeno ya no son gestos automáticos, sino decisiones conscientes. Como si lo humano necesitara ahora entrenamiento.
Martin Luther King Jr. decía: “Siempre es un buen momento para hacer lo correcto.” Tal vez hacer lo correcto no sea espectacular, ni escalable, ni viral, pero sostiene la confianza cotidiana que hace que la vida funcione de mejor manera. A fin de cuentas, seguimos siendo personas relacionándonos con personas. Y ahí, lo básico importa más de lo que creemos.
Tal vez este año es suficiente recuperar algunas cosas que ya sabíamos, pero habíamos dejado de practicar. (O)
@ceciliaugalde









